TRIBUNA
Penosa educación, pobre lenguaje
Mi mujer es profesora en un instituto de enseñanza media, o como se diga ahora, que con tanto cambio de plan ya no sé cómo se dice. Con mucha razón afirma en una entrevista Fernando Savater: «Uno de los principales males de los planes de estudio es precisamente que ha habido muchos». Me cuenta mi mujer lo difícil y penoso que resulta hoy en día enseñar a los alumnos, o que ellos aprendan, que para el caso es lo mismo. Aunque haya excepciones, un alto porcentaje del alumnado se hace notar por la falta de atención, poco espíritu de trabajo, indisciplina, descaro y nulo respeto. Una profesora, ya «carrozona» según el lenguaje de la muchachada recrimina a un muchacho por tirar las cáscaras de pipas en el suelo teniendo al lado una papelera. Respuesta del aludido, al parecer muy preciado de sí: Anda la vieja, ¿que quieres, ligar conmigo? Recientemente, a un profesor de Física y Química, del mismo instituto, se le vino la puerta encima al entrar en clase, con un fuerte golpe en la cabeza que requirió asistencia sanitaria. El regocijo de los alumnos, que habían sacado la puerta de sus goznes para gastar una broma a un «coleguilla», puso la nota simpática y entrañable. Desde mi punto de vista, el profesor comenzó a perder terreno en el momento en que, dejándose llevar por un falso e inconveniente plano de igualdad, libertad y fraternidad, ha permitido el tuteo del alumno, repudiando la educación autoritaria y formalista que tuvimos los «carrozones». El tuteo es indicativo de una renuncia a la autoridad. Y, para la educación, autoridad y tradición son imprescindibles. Los chicos no tienen hoy ante el profesor el nivel de respeto o de miedo, todo hay que decir que tuvo mi generación. Probablemente sea más sano no ver al profesor como una especie de ser superior inalcanzable e intratable, sino como a una persona normal y abierta al diálogo; pero también es nefasto que el alumno pierda todo tipo de respeto hacia el profesor. El profesor ni es un «colega» de juegos, ni un criado del alumno. Y menos un tipo que se cruza en el camino soltando monsergas. Ha de respetársele como portador de experiencia y conocimientos de los que se puede sacar provecho en la vida. La eliminación de la distancia, relajamiento de la autoridad y consecuente emparejamiento es fase ya superada, pero para peor. Ahora es el alumnado el que está en un plano de superioridad, esgrimiendo más posesión de derechos que de obligaciones. Es indudable que forma parte de la enseñanza la idea del esfuerzo, de que hay cosas en la vida que exigen sacrificio para conseguirlas, y que hay que aplazar toda una serie de satisfacciones para obtener otras. Si bien es verdad que la virtud del sacrificio y la autoexigencia no han de convertirse en absolutos, tampoco conviene ocultar que las cosas que verdaderamente merecen la pena exigen pasar por ciertas renuncias para conseguirlas. No todo en la vida es fácil y divertido, botellón y francachela. La situación en la enseñanza reproduce lo que acontece fuera de los centros, esto es, en la calle; pero, sobre todo, en el seno familiar, en la relación entre padres e hijos. Fundamentalmente, porque la mujer trabaja y ya no está en el hogar a todas horas. Antes, los hijos eran durante mucho tiempo una responsabilidad prácticamente directa de la madre. Recuerdo cuando la mía me ayudaba a hacer las cuentas y los análisis morfológicos. Muchos padres han perdido esa dimensión sacrificada, que es preocuparse por lo que hacen los hijos. Educar no es siempre dar gusto, no es siempre complacer. En muchos casos es imposible que los padres sustituyan a los profesionales, pero en asuntos de formación general, de carácter, de comportamiento, los padres son insustituibles. No pueden declinar sus obligaciones en favor de los centros, convirtiéndolos más en lugares de acogida que en verdaderos institutos de aprendizaje. Si, en determinados niveles de enseñanza, los profesores gastan más energía en conseguir, con logros relativos, el debido comportamiento y la atención de los alumnos que la propia instrucción, está dicho todo. El fenómeno de la educación es pues, complejo. Pero lo que más aflige, a mí particularmente, es el paupérrimo nivel de expresión de los adolescentes. Hace unos días me sustrajo de la lectura del periódico la conversación que sostenía con su padre, en un banco del parque de Quevedo, una jovencita, pero con el aspecto evidente de haber mudado ya las muñecas por los muñecos: Entonces decía el padre , ¿cuántos fuisteis en el coche? -Mogollón respondió la hija con acento espeso y de mala gana. -No más de cinco, supongo. -Seis, ¿íbamos a dejar a Mariajo colgada, que es la tía que más mola? -¡Seis, qué imprudencia, Yolanda! -¡Qué va, tronco! En esa carretera nunca está la pasma. -¿Había mucha gente en el concierto? -Mogollón -O sea, ¿sólo seis? -Joder, «pa», ¿te estás quedando conmigo? Mogollón quiere decir, la tira. -¡Ah!, ya, muchos ¿Y qué tal el concierto? -De flipar: el ambiente guay; el vocalista un tío que te cagas; y el conjunto la hostia de cañero. -Creo entender, por lo que me dices, que no lo pasaste bien. -¡Qué va, lo pasamos pipa, de puta madre! -¿Y los libros que tenías que leer? -¡No me des la barrila! ¡Con las movidas que he tenido esta semana y me vienes con lo chungo de esos libros! ¿De dónde voy a sacar el tiempo? -¿Movidas? ¿Chungos? -Pues claro, rollos, líos; latosos, aburridos. ¡No me seas borde! No se habló más. Padre e hija se levantaron. La muchacha llevaba el cabello encrespado, labios pintados azul turquesa, pantalón vaquero rasgado por las rodillas con remiendos asimétricos en el trasero, cazadora y una camiseta blanca de talla supraumbilical, en la que se podía leer con letras negras, I Love Mathias.