TRIBUNA
Aumento de endomorfinas en época electoral
EN PLENA CAMPAÑA electoral, todo es posible. Incluso en el aturdimiento que nos provoca el inmenso caudal de informaciones, propósitos y despropósitos que escuchamos directamente de nuestros políticos de turno, somos capaces de sentirnos a gusto con el papel protagonista que parece caer en nuestras manos durante unos días. El cúmulo de emociones que pretenden transmitirnos provoca, sin duda, un aumento de las endomorfinas en nuestro cerebro en el empeño de éste en protegernos de las posteriores desilusiones que sufriremos inequívocamente. Apostamos por la credulidad hasta el mismo día en que se produce el voto. Vuelve a ser otra defensa del encargado de organizar nuestra conducta para hacernos disponer de un tiempo de felicidad en un momento en el que se nos permite sentirnos gestores de nuestro país. En una actualidad como la nuestra, en la que hay demasiada información, nadie quiere equivocarse. Es cierto que la costumbre otorga a determinados hábitos políticos, la categoría de buenos, pero hay que comenzar a discriminar porque lo menos sano para una democracia oxigenada es ser deshonesto con uno mismo. El problema real de las votaciones no está en la «elección» del mejor, sino en la «selección» del candidato idóneo, humanamente considerado. Apostar por un candidato equivale a depositar nuestra confianza en él y establecer, mediante el voto, un compromiso que se proclama recíproco y que espera de esta reciprocidad, la transparencia y la fidelidad que es exigible en este tipo de obligaciones y deberes. Desear hacer las cosas bien, no es suficiente. Hay que enlazar, necesariamente, el deseo con la acción. La búsqueda de un mayor bienestar lleva a la sociedad a participar en las elecciones con la esperanza de hacer realidad esa porción de «felicidad» que cada partido presenta como posible y gestionable a través del aumento de todo aquello que afecta a nuestros intereses. En este acto de confidencialidad entre el candidato y cada votante, se genera a través del vínculo más efectivo, eficiente y eficaz que poseemos: la palabra. Convencer equivale a conquistar. Y ello mismo se concibe desde un proceso dinámico de identificación emocional que garantiza, sin duda, una simbiosis indestructible entre el votante y el aspirante. Cada uno de nosotros, apostamos por las ilusiones prometidas y en esa inversión arriesgamos la confianza. Lógicamente, como en cualquier empresa en la que se invierte tememos al fracaso pero hasta que se seamos capaces de reconocerlo, si es que así sucede, habremos cerrado muchas veces los ojos y la mente ante la evidencia porque a nadie agrada reconocerse engañado o defraudado. Por ello, durante mucho tiempo seguiremos apoyando a quien votamos, advirtamos en él o no, indicios de errores evidentes. Su fracaso, en definitiva, es el nuestro. El cerebro está sin embargo, siempre de nuestro lado y quiere protegernos, una y otra vez, de la desagradable sensación que produce la derrota. Los políticos deberían seguir la enseñanza de nuestro maestro don Quijote quien afirma: «No huye el que se retira¿». Y de este modo, desvincularse, cuando es preciso, de un poder que les ha dejado de corresponder por derecho cuando en el ejercicio del mismo, han permitido lo fácil en vez de lo correcto. Sin embargo, a pesar de los desencantos y las desilusiones posibles que todo ello crea en nosotros, somos capaces de mantener la cabeza en alto y el espíritu abierto de par en par hasta el momento de proceder al escrutinio, e incluso después. Ni los ejecutores ni los ejecutantes; nadie perderá el día 27 de mayo. Todos serán capaces de argumentar el por qué de su éxito y todos los que apoyamos a uno u otro partido, nos sentiremos igualmente victoriosos, estén o no, a nuestro favor, los resultados finales. Intentar traspasar la derrota a otros se manifiesta de nuevo como una estrategia de nuestro cerebro para defendernos del fracaso. No se ganan las elecciones el día de las votaciones; se ganan día a día y con el paso del inexorable tiempo que a todos coloca en su lugar. Una campaña electoral sirve, únicamente, para vitorear desde un circense púlpito las mieles que cada cual se promete a sí mismo y que más tarde logra perdonarse con suma facilidad si las promesas no llegan a cumplirse. Insultos, improperios y descalificaciones constituyen el despropósito publicista de este tiempo de permiso en el cual todo parece posible para estimular el proceso. ¿De verdad pensamos que la campaña que lleva a cabo cada partido cambia la intención de voto de quienes se acercan a las urnas? Nadie se muestra más inteligente que el conjunto de la sociedad cuando vota. Bienaventurada democracia que permite aumentar nuestras endomorfinas en época electoral y nos deja pensar, de nuevo, que cumplir con unos ideales, es aún posible. ¡Qué procedimiento más idóneo si pudiésemos ejercerlo en otras áreas de nuestra vida!. Volver a renovar las ilusiones cada cuatro años o bien reafirmarnos en las que gozamos, si es que lo merecen. Lo peor está por llegar. Después del 27 de mayo, nuestro cerebro, tan estimulado durante la campaña electoral, habrá decidido un suicidio emocional cuando descubra que su político de confianza, le engaña con otros. Pero algo peor que el engaño físico es la mentira afectiva. Los votantes perdonan siempre los errores derivados de desdichas inevitables pero nunca el dolor que se impone gratuito ante desgracias que podrían haberse evitado. La intención, avalada por el mundo del derecho, es el fundamento del delito, sin duda. El pueblo estamos, sin embargo, hartos de buenas intenciones vacías de contenido. No nos sirven las obras apresuradas que se aceleran en época electoral. La dirección del poder político debe conquistarse paso a paso y poner en ello, el mayor de los empeños para evitar levantarnos el día 28 con la resaca mental del día anterior. Evitemos convertir la oportunidad de ejercer nuestro derecho a voto en el dulce y momentáneo sabor que el amargo jarabe político tendrá en los siguientes cuatro años. La mala acción política genera, en el hombre honesto, una reacción semejante a la que experimentamos al ver una palabra que necesita tilde, sin ella o aquella que nos asalta al encontrar la crema dental apretada por su mitad. Acciones diarias, rutinarias, cotidianas necesitadas de un enconado empeño por hacerlas bien para crear e instalar en nuestra vida, el hábito de la excelencia. La noche del 27 al 28 será definitiva para colocar las piezas de un puzzle muy importante, el del futuro de España en cada localidad, tal y como cada uno deseamos, sin perjuicio de nadie. El reto no es sólo para los políticos, como nos hacen creer a través de las campañas publicitarias, demasiado personalistas tal vez. El triunfo o el fracaso es en definitiva, de todos porque en útlima instancia no debemos equivocar la pregunta frecuente «¿qué hacen los políticos por nuestro país? y sí sustituirla por otra más comprometida y honesta: ¿Qué hacemos todos por él?