TRIBUNA
Carta de Trapiello al Damo de Arintero
COÑO, Toñín: Al fin diste señales, aunque pasado de plazos y de indecencia después de aquella presentación de tu novela en la que me embarcaste tan engañosamente abusando de mí, de mis oficios y de mi nombre con la muchísima cara gorda del amigo flaco. Esperaba que esas tardías señales tuyas fueran -más vale tarde que nunca- para pagar lo que debes o, si no, agradecerlo o, como mínimo y no cuesta, para reconocer la deuda, pero asomaste tirando patadita por saludo y, lo más asombroso, sin dar la cara, vestido de Dama de Arintero, como un damo muy endamado, y hablando por ella o, como dices, por su mano¿ la de cascar, supongo, ¿o la de cascársela?... En fin, si vestirte de tía es por desvelarnos alguna inclinación travestona que pudieras esconder o que secretamente te encante, estate tranquilo (u orgulloso) porque este tiempo no sólo lo venializa y normaliza, sino que incluso se premia el cambiar braguetas por bragas y machorros por machorras. No te preocupe, pues, si revistiéndote como lo haces de bragoncias y faldumentos, alguien sospechara, reprochara o se escandalizara, que ya no es esta pose confusa desdoro de hombría, pues como sostiene Pereira «ser maricón es cosa de hombres». Sin embargo, que tengas que esconderte detrás de unas faldas ¿es porque no tienes cojones o porque no te alcanza la vergüenza?... Ya te vale. Y si la cosa fue por necesidad de jalearte esa infumable patraña novelera que pariste robando tema y plagiando estilo, pues yerras el tiro. No abuses. Vale ya de tanta postura¿ e impostura. El problema de esta falacia literaria tuya no es ya acabarla, sino empezarla. Lo siento, Toñín Martínez Llamas, pero fui incapaz de leer más de dos páginas (y porque me obligaste para que te hiciera el gratuito panegírico). Naufraga la cosa tuya entre lo impostado, lo espesito, lo infantil, lo tontón y lo inverosímil, sin contar lo cretino que puede ser el hacer hablar a una iletrada gañana cazurra de la montaña de Los Argüellos como si fuera una decana de Alcalá haciendo gargarismos complutenses. Acéptame un consejo: si te empeñas en escribir y hasta en sulfurarte porque nadie te ha estimado como escritor cazurro en la colección de literatura cazurra, pues procura escribir, rapaz, pero escribir desde cantera propia, desde la tripa, desde lo que tengas dentro, si lo tuvieres. No te pongas tan tontín en tus «escribiendos», tan ampuloso y tan queriendo aparentar gramática gongoriana que te cuesta tantos meses enhebrar, porque escribiendo así pregonas muy tontamente que andas rateando indignamente en libracos, apropiándote de estilos y ahuecando plumas; qué plumas¿ y qué huecas. Créeme, con estas maneras urracas sólo se pueden parir pedos perfumados y mucho flatus vocis, bobadinas consabidas. A esto tuyo lo llamaba De la Serna «puchero de tontolhigos y robaperas». En fin, si existiera una próxima vez (no lo quiera el diablo), no me vengas, por favor, revestido de bragas y corpiños lanzando pedradita necia tras la sebe. Mientras tanto, descuélgate de mi chepa y de mi nombre. Distancia, Toñín, distancia, que por deudas, desvergüenzas y desfachateces más leves que la tuya a cualquiera le escupen en la cara. Y no quiero yo obligarme (lo que no te exculpará de pagar lo que aún debes). Así que, me deje usted en paz y no me amuele.