AL TRASLUZ
Política poética
LA POLÍTICA es un espejo sobre la condición humana. Para mí siempre ha supuesto un misterio por qué algunos políticos dedican gran parte de sus energías a ser infelices y a que los demás lo sean. Quizá sea porque tener poder o desearlo crea angustia en quienes no están preparados para tal prueba. En junio de 1936, Juan Ramón Jiménez reivindicó una «política poética», en la que cupiese el ser humano, entendida como un nosotros, más que como un yo, pero sobre todo en la que entrase la cultura de la felicidad: «Si el político sintiera y pensara en la mañana de cada día con Shelley, con San Juan de la Cruz, con Petrarca, con Fray Luis, con Keats, ¡qué día tan distinto para él y para su país sería el día!», y cuenta que le preguntaban: «¿No se podría formar en el mundo el partido de la poesía?». Está claro que no estaba el clima para el verso libre. Y hoy ¿es posible una política poética? Si no lo fuera, deberíamos revindicarla todos al unísono. Hay expulsiones de la vida pública que son un bien para la democracia, pero, sinceramente, ¿qué se le puede reprochar a Perandones por no obtener mayoría absoluta, a Villalba por haber perdido ante Herrera, a Amilivia por no haber logrado más concejales, a Simancas, a Piqué... a.... a....? Autocrítica, sí; análisis constructivo desde el partido, también... pero con el gracias por delante. ¿O es que aquí sólo vale quien gana? Repele el feísmo de la crueldad que se enorgullece de sí misma. Sobran trincheras y maestros cirujanos de penúltima hora. «Si antes de ir al parlamento el político preparara poéticamente su actividad, su pensamiento, su carácter, ¡qué jiro -ortografía del maestro- tan distinto tomarían sus intervenciones», argumentaba uno de nuestros grandes exiliados. Política poética ¡siempre!