EL OJO PÚBLICO
La tregua, que se había acabado, se acabó
CUANDO, el 24 de marzo del pasado año, ETA declaró lo que los terroristas llamaron pomposamente un «alto el fuego permanente», un vendaval de alivio y de esperanza recorrió España de norte a sur y de este a oeste. Pero, desde ese momento, y aun compartiendo la ilusión de que por fin podría ir entonces la vencida, los españoles nos dividimos en dos grupos. Unos, confiando a pies juntillas en el presidente del Gobierno, pensaron que ETA aceptaría una negociación en los términos en los que el ejecutivo decía estar únicamente dispuesto a sostenerla: paz por presos. Es decir, abandono de las armas a cambio de medidas de gracia para los terroristas. Otros, fiando más en la historia etarra que en el optimismo antropológico y en la proclamada baraka de Zapatero, consideramos que el éxito de la empresa, planteada en esos términos, resultaba poco menos que imposible, pues nunca creímos que ETA fuera a renunciar a sus objetivos políticos -territorialidad e independencia- por medio de una negociación que, a la postre, venía a reconocerla como interlocutora cualificada en defensa de los mismos. Es cierto que incluso los más pesimistas llegamos a dudar, ante la suposición de que nadie -ni siquiera Zapatero- sería tan irresponsable como para abrir tratos con ETA sin disponer de datos firmes que confirmasen sus hipótesis. Pero lo es también que, a medida que iban pasando los meses, todos los acontecimientos indicaban lo peor: que ETA estaba en otra cosa y que el Gobierno sabía apenas más que los simples ciudadanos. El bombazo de la T4, producido pocas horas después de que Zapatero anunciase lo bien que iría su «proceso de paz» en 2007, confirmó que lo peor era ya la dura realidad. Zapatero no se arredró, de todos modos, y, tozudo como es, siguió en sus trece, considerando probablemente -como probaron sus reiterados lapsus linguae- que las muertes de Barajas habían sido «un accidente». La cesión ante el chantaje de De Juana, la retirada de las acusaciones de la fiscalía contra Otegi y, sobre todo, el esperpéntico espectáculo de las candidaturas de ANV demostraron, más allá de toda duda, que la voluntad del presidente del Gobierno seguía siendo la de mantener negociaciones con la banda. El comunicado etarra de ayer pone de relieve que, como en diciembre, el presidente ha vuelto a errar de un modo radical. Así concluye, en medio de un fiasco inmenso, el proyecto estrella de la presidencia de Rodríguez Zapatero. De ese fiasco habrá de responder el presidente del Gobierno en su momento. Por ahora toca volver a lo de siempre. A luchar contra ETA y sus secuaces: sin cuartel y todos juntos.