Diario de León

TRIBUNA

Formación en decadencia y competitividad empresarial

Publicado por
MIGUEL ÁNGEL GONZÁLEZ RODRÍGUEZ
León

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HABLAR DE FORMACIÓN y educación es hablar de la herramienta fundamental de crecimiento humano es la base del desarrollo personal, social y económico, es no sólo posibilitar que cada persona cumpla con sus expectativas e ilusiones, es también encontrar una sociedad mejor preparada para el futuro, y más capacitada para afrontar los retos que se presenten. En un entorno dinámico, complejo y cambiante como el actual, con constantes desafíos, se requiere de un sistema educativo de calidad, capaz de dotar de las herramientas necesarias para sobrevivir con una competencia global y es que la educación proporciona un mayor bienestar a igualdad de desarrollo tecnológico. Muchas veces y de diferente manera, desde el CEL se ha manifestado la importancia del trabajador en la empresa, de la necesidad de trabajadores motivados, involucrados y satisfechos, de que es el único factor productivo no duplicable, que permite la gestión, la coordinación y la eficiencia del resto de los factores productivos; que no sólo actúa, también piensa y es seguramente el que mejor sabe cómo desempeñar su trabajo. Sí, ya han sido muchas veces las que hemos insistido en la importancia del trabajador. Las empresas necesitan por todo ello del trabajador para su desarrollo. Año tras año hemos comprobado que cada vez es mayor la preparación de las personas que se van incorporando a la empresa o en general al mercado de trabajo, pero desde luego no es suficiente. Y basta con analizar la competitividad de nuestras empresas para corroborarlo. En el transcurso de estos últimos treinta últimos años, hemos asistido a un extraordinario esfuerzo educativo que pretendía cubrir las gravísimas deficiencias existentes. Nuestro sistema actual se ha extendido hacia una escolarización universal y que ha obtenido unos resultados palpables (v.g. alfabetización) pero que ha descuidado la calidad de la misma creando una clara deficiencia educativa con el resto de los países más avanzados. Esta calidad repercute principalmente en la enseñanza obligatoria que debiera ser la columna vertebral del sistema, desarrollando capacidades básicas de aprendizaje que luego les permitan participar de la formación a lo largo del resto de su vida. Cualquier deficiencia no solventada en esta fase se arrastra en las posteriores. El informe que cada año elabora la Unesco, sitúa a España como el 26º país del mundo en cuanto a funcionamiento del sistema educativo, por debajo de casi todos los países de la UE. Este estudio se basa en el IDE (Índice de Desarrollo Educativo) y manifiesta que en la enseñanza obligatoria española casi el 50% de los alumnos que la finalizan no tienen un nivel de conocimientos aceptable en asignaturas básicas. Y estas deficiencias educativas se arrastran después. Dos de cada tres alumnos que acaban la enseñanza obligatoria (16 años) continúan con el bachillerato con lo que falta demanda de formación profesional (cola de los países de la OCDE), tan necesaria en el desarrollo económico posterior, condenando a esta formación a una marginalidad inaceptable y desprestigiada, sin contacto con el mundo empresarial. Las necesidades de las empresas no encajan con el grado de cualificación del trabajador y lo que es más preocupante la formación profesional también escasea entre los empleados españoles que se encuentran a la cola en cuanto a la formación continua que reciben. Este desajuste también se manifiesta en el más alto escalafón educativo, la universidad; estudios recientes destacan que casi el 70% de los estudiantes universitarios estudian titulaciones que apenas alcanzan el 40% de las ofertas laborales a universitarios, lo que conlleva a nuevos empleos sobrecualifiacados y por tanto un empleo de recursos innecesarios. La calidad tampoco destaca en la enseñanza universitaria, como lo demuestra el porcentaje de fracaso (30%) el doble que la media comunitaria. Los propios universitarios reconocen que sus conocimientos y capacidades no les servirán para incorporarse a un puesto de trabajo y las empresas admiten que la mano de obra disponible carece de formación (conocimientos y prácticas) necesaria, por lo que incurren en costes de adaptación muy elevados. Nuestro sistema educativo ha perseguido unas metas en función a las deficiencias que se venían padeciendo, pero que ahora exigen un nuevo enfoque que se ajuste a la situación altamente cambiante a la que se enfrentarán en la sociedad de la información. Ha de proporcionar conocimientos pero también debe proporcionar las habilidades y capacidades que permitan posteriormente el reciclaje continuado, y para eso no está preparado. En nuestra opinión la reforma educativa no pasa por gastar más, al menos no necesariamente pues nos encontramos dentro de la media europea, es necesario buscar sistemas que permitan conocer cuál es el nivel formativo de nuestra juventud, cuantitativa y cualitativamente, en términos generales y absolutos, ya que en un futuro tendrán que medirse laboralmente con los de otros países (v.g. Unesco, Pisa-Ocde), y que permitan por un lado dar a conocer el nivel del alumnado y por otro introducir medidas de control que faciliten la implementación de mejoras en el sistema educativo. Pero no sólo eso, hemos de conocer la información necesaria y suficiente para valorar el grado de eficacia del sistema educativo potenciando el desarrollo de clasificaciones, herramientas de calidad o de excelencia, para que exista una competencia lícita entre los centros educativos y se pueda primar aquellos de mayor eficiencia y eficacia, es decir a los mejores. Finalmente, sería necesario introducir una mayor autonomía a los centros educativos en todos los sentidos, adaptándose a las necesidades de los alumnos y las propias características de los docentes. Y todo ello pasa por la aplicación de una nueva reforma educativa consensuada en un gran pacto político que evite el intervensionismo del partido en el poder y cree la estabilidad necesaria para lograr una calidad que hoy por hoy no existe.

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