TRIBUNA
Fin de curso, ¿mea culpa?
Hemos llegado al fin del curso 2006-07 y, una vez más, la evaluación final es para todos. Pocos pueden escaparse a la necesaria reflexión sobre la tarea que finaliza bien para los hijos o para uno mismo. En realidad, todos nos examinamos continuamente al compás de los que tenemos al lado. Y bien sabemos los padres que incluso con los más pequeños, los desvelos son siempre mucho más nuestros que de ellos mismos. Todos queremos llegar al verano sin ningún tipo de reclamo pendiente para septiembre o lo que es peor con la sensación de no haber llegado a lo que se considera como suficiente y aún así pasar de igual modo a un curso superior. Nos hemos empeñado en envolver a nuestros hijos en una auténtica bola de algodón capaz de sufrir daños reales o imaginarios por cualquier sitio. La protección se ha vuelto irracional y ha dado paso a una especie de minusvalía con la que marcamos a nuestros descendientes para toda la vida. Tal vez sea en la vida escolar donde el cerco se hace más estrecho y se obligue, con ello, a redistribuir las fichas del juego de forma en la que todos salimos perdiendo. Los padres ya no apoyan al profesor con la tranquilidad y seguridad en su buen hacer que antes ellos mismo garantizaban. Los hijos, por otra parte, se sienten fuertes ante un profesor debilitado no sólo por falta de apoyo de sus progenitores, sino también y sobre todo por la de la propia administración que haciéndose eco legítimo de una corriente social mal entendida de defensa del equilibrio mental y la salud integral de los más jóvenes, tampoco les facilitan la tarea de ganarse la autoridad sin autoritarismo. Los alumnos siempre dispuestos a hacer frente a lo que consideran un opositor en potencia a su libre desarrollo, parecen querer ganar terreno así, desde un principio, en la pugna sostenida y compleja que se establece en el aula por el control del poder y el dominio de la situación cada curso que se inicia. Todos nos quejamos, sin embargo, de la crisis social que afecta a las aulas. Nadie queremos comprender de forma equilibrada, serena y sensata que el esfuerzo no puede ser unilateral. La pérdida de las riendas de una dinámica educativa eficaz entre profesores y alumnos no puede solucionarse sino es con la colaboración y el cambio de actitudes de todos los implicados. Nuestros hijos se nos van de las manos. Este juicio cierto no es agradable de reconocer por ningún padre o cuando se hace es demasiado tarde ya. El comienzo del cambio debe darse desde la cuna. Involucrar al niño en un mundo que le acoja con serenidad y equilibrio merece toda nuestra atención.No podemos adaptar el mundo de cada día, de cada instante al niño que comienza a despertar a la vida. Debemos prepararlo en cada momento y en relación con su madurez evolutiva hacia la comprensión de la existencia de un orden, de unas reglas y de unos criterios que inicialmente serán de los padres y que más tarde la propia sociedad a través del colegio, seguirá avalando. No todo vale, ni vale tampoco de cualquier forma con tal de que nuestro pequeño no se «traumatice» porque no podremos evitar los golpes de la vida de ningún modo y sin embargo invalidaremos al niño para saber esquivarlos o encajarlos si no hay otro remedio. Y este sencillo proceso que no cuesta más que saber decir no a tiempo es el comienzo de la solución a la pésima situación en la que educativamente nos encontramos en el mundo educativo. El curso ha pasado con las eventualidades que le hayan sido propias y con las batallas que dentro de cada aula se hayan librado entre profesor-alumno. Se convierte en una triste circunstancia que prime en el ambiente de cada día, el malestar por parte del profesor para poder sostener un clima de calma suficiente con el que llevar a cabo su tarea instructiva. ¿Cómo poder, desde esta plataforma de combate disponer del ambiente en cada asignatura para motivar, sensibilizar y construir un sentimiento de afecto por la cultura?. Es una lástima que el profesorado se tenga que conformar con hacer llegar los contenidos del curriculo ante lo imposible de avanzar hacia esa parte invisible que anima cada saber por la incapacidad y negativa de los alumnos ante su recepción. E incluso, es comprensible que cansados del desprecio certero hacia una construcción de la madurez personal que anteriormente se pretendía con cada conocimiento, arrojen la toalla y se ciñan a lo imprescindible de su tarea. Los fracasos en este contexto son de una tremenda acritud. Entonado el mea culpa tras las evaluaciones finales llegamos a la conclusión de que algo falla. ¿Serán nuestros hijos los que no ponen suficiente entusiasmo en aprender cada día?¿Estarán sus intereses tan alejados de la realidad que se les ofrece que el único camino que conocen es el rechazo?¿Será que todo lo tienen demasiado fácil y por ello la palabra sacrificio no entra en su vocabulario cotidiano?¿Habremos hecho bien nuestro papel de educadores primarios desde que han nacido?¿Estamos a tiempo de rectificar y corregir sobre lo escrito?. Todas estas cuestiones y muchas más deberían iniciar el listado de responsabilidades asumidas o fallidas que sería necesario someter a revisión. Comenzar un nuevo curso sin cambiar los planteamientos no va a solucionar nada. Y el caso curioso es que los padres siempre intentan hacerlo lo mejor posible; al igual que los profesores quienes se desvelan por llegar al interior de los alumnos y conseguir no sólo que la asignatura penetre en sus cabezas, sino que lo haga en sus espíritus y que con ella logren crecer en su interior y puedan aprender a solucionar problemas de la vida real. Unos y otros están en el mismo barco intentando navegar con el mejor criterio pero se nos escapa el verdadero sentido del esfuerzo de ambos y es que éste no puede sino mirar para el mismo sitio aunque desde cada perspectiva el panorama sea diferente. La pretendida colaboración entre padres y profesores siempre ha sido un objetivo programado más que real. Sin embargo, la unión hace la fuerza y en este caso fuerza es sinónimo de empuje eficaz y eficiente a favor de lo que más nos importa: nuestros hijos. No valen los lamentos ante el boletín de notas finales, ni los planteamientos acalorados de unos nuevos hábitos para el curso siguiente so pena de castigos innombrables ante los oídos de los jóvenes que reciben sin demasiado apuro la regañina de última hora. Eso sí, estar atentos al ímpetu digital que devora en sus pantallas la masa encefálica de los muchachos reduciendo, limitando o pautando, siempre de acuerdo con ellos, la utilización indiscriminada de ordenadores, playstation, móviles, pda, ipod, mp3¿etcétera; conociendo sus hábitos de estudio y apoyando desde la situación que sea posible, cada día estos momentos. Es importante que nuestros hijos sepan que no sólo nos preocupamos por la notas, sino que sobre todo nos importa el proceso por el que han pasado hasta obtenerlas. Que sepan que nos implicamos en su estudio, no sólo pidiendo resultados, sino sobre todo en valorando el esfuerzo realizado. Solamente así podremos estimar las cuantificaciones académicas en su justa medida y no pedir más de lo que puedan dar, si es que lo han dado previamente. Y por último, estar en contacto periódico y frecuente con el tutor y el profesorado en general puesto que nadie puede orientarnos mejor sobre la realidad diaria del alumno y porque en ultima instancia, todos estamos siendo culpables y víctimas al mismo tiempo. 1397124194