EL MIRADOR
Rato, el retorno
NO PODÍA IGNORAR Rato, perro viejo con más de treinta años de currículo público, ni la polvareda que organizaría el anuncio de su regreso, ni el escepticismo que suscitaría el pretexto esgrimido, ni el malestar que sembraría la decisión en los medios financieros europeos e internacionales que lo auparon, ni las carreras nerviosas y los crujidos de dientes que el retorno provocaría en los pasillos y en las estancias del PP, cuyos ojos de mirar al exterior se han abierto asombrados, como si toda la militancia ilustrada hubiera pasado del escepticismo de los grises presagios a la fundada esperanza de una ilusionante redención. Y si Rodrigo Rato sabía todo eso, ¿cómo no ha ideado otra estrategia más creíble para regresar? El retorno, que se formalizará después de la asamblea del FMI de octubre, o sea cuando los partidos españoles comiencen a cerrar las listas electorales de marzo, ha sido planteado con gran sutileza pero se le entiende todo al personaje. Rato no aceptará, como es obvio, un lugar en las listas del PP: no se vuelve de la dirección general del FMI, un cargo con rango de jefe de Estado, para ser el segundo en la lista de un partido que no tiene ni mucho menos asegurada la victoria electoral. Sin embargo, estará a punto para cumplir con una misión trascendente si los suyos lo reclaman para encabezar un nuevo proyecto al frente de su organización. No tiene sentido comparar a estas alturas, ni siquiera como juego intelectual, las calidades de Rato y Rajoy, los dos candidatos de Aznar a la sucesión. Pero sí es pertinente anotar, a modo de recordatorio útil, algunos hitos de la biografía de Rato: ha sido el solvente constructor de la modernización económica española, ciertamente iniciada por Solbes pero erigida con éxito sin precedentes por el ministro de Economía de Aznar durante sus dos legislaturas; fue el autor material del Pacto del Majestic, aquella estratégica alianza entre la derecha catalana y la derecha española que Aznar malversó poco tiempo después, cuando ya le había servido para llegar a La Moncloa; fue asimismo el único líder del PP que contradijo a Aznar en su obsesión de alinearse estrechamente con Bush en la cuestión iraquí; y su valía ha sido reconocida internacionalmente, sin necesidad de contar con el apoyo de su propio partido, hasta lograr la codiciadísima dirección de una de las instituciones de Bretton Woods, el cargo internacional más relevante que jamás logró un español. En otras palabras, Rato no es un cartel electoral con algunas habilidades curriculares insinuadas sino un peso pesado que ha acreditado su densidad personal mediante una trayectoria que no requiere adornos. Y en cualquier caso, haciendo abstracción de que todas las comparaciones son odiosas, Rato es la personalidad más importante del centro-derecha español. Por méritos propios, no por designación. En enero de 2003, cuando aún faltaba más de un año para las elecciones generales y Aznar no había deshojado todavía la margarita de la sucesión, Rato, entonces segundo vicepresidente del Ejecutivo, manifestaba su disponibilidad para el encargo: «Aceptar la presidencia del Gobierno es una gran decisión. Un Moby Dick , una ballena blanca». El reto permanece aunque las circunstancias hayan cambiado. Ahora le toca el turno de optar a la presidencia del Gobierno a Mariano Rajoy, quien ya fracasó una vez, el 14-M. Si Rajoy gana, Rato podrá cumplir realmente su decisión de encerrarse en su vida privada. Pero si Rajoy tropieza de nuevo, las gentes del PP que concentran la capacidad de decisión en el partido, muchas de las cuales piensan que Rato es su principal activo, recurrirán al todavía director general del FMI para que se ponga a su frente, descartando otras ambiciones y otras opciones hoy muy evidentes pero no tan prometedoras. Y si tal ocurre, ya no podrá pretextar Rodrigo Rato la educación de sus hijos como argumento para negarse a la propuesta. Ésta es la realidad de la situación, y todo lo demás son fuegos de artificio. 1397124194