EN BLANCO DESDE LA CORTE
Primer cara a cara electoral España pone muertos
A PARTIR DEL próximo jueves, cuando haya terminado el debate sobre el estado de la Nación, Rajoy y Zapatero difícilmente volverían a enzarzarse en una gran polémica parlamentaria en esta legislatura, aunque intercambien en otoño algunos argumentos con motivo de los presupuestos generales para el 2008. Rajoy no puede convertir a Zapatero en el puching ball de la derecha, en el saco que recibe todos los golpes de la oposición conservadora por la única razón, a veces legítima a y a veces desleal, de que el PP quiere salir de la oposición. Y Zapatero debe demostrar que en la intimidad de su cuaderno político hay ideas o recursos suficientes para salir de la asfixia que le ha producido el fin de la tregua etarra y, ahora mismo, la facilidad del PP para ocupar, con actitudes e iniciativas de escaso calado, los espacios publicitarios de la escena política. Y todo ello sin otro esfuerzo que el de contemplar la batalla enardecida del episcopado español contra la asignatura que pretendería enseñar en las escuelas cómo se alcanza un grado aceptable de comportamiento cívico. La televisión va a transmitir el gran debate, cara a cara, tras el que oficiosamente podría declararse inaugurada la campaña electoral para las próximas elecciones generales. Ni Rajoy ni Zapatero van a coincidir en un mismo diagnóstico sobre el estado de la Nación, pero si los dos quisieran que el diagnóstico fuera bueno o, al menos alentador, cada uno de ellos debería transmitir a sus respectivos espacios electorales el mensaje de que lo que les separa ni justifica las crispación perceptible en la calle, reflejo suavizado de la crispación política, ni las grandes cuestiones nacionales -terrorismo, enseñanza pública, vivienda, política exterior...- podrían tratarse debidamente sin un consenso más o menos tácito entre ellos. La precariedad laboral, que no ocupará seguramente mucho tiempo en el debate, es un asunto a solucionar, o a paliar, mediante políticas socioeconómicas que no producirían grandes discrepancias. El llamado problema de la territorialidad, del que se cuelga el patriotismo, el unitarismo de la diversidad y el supuesto peligro inminente de desintegración nacional, ha dejado de existir en el momento exacto en que los estatutos más acaloradamente zaheridos durante su elaboración se han puesto marcha sin más escollos que algún recurso oportunista de inconstitucionalidad. No se espera, sin embargo, que de este debate vaya a salir una autocrítica en los dos grandes partidos, por lo que es de temer que todo vaya a seguir igual y que la reactivación de la campaña electoral contribuya a que la sociedad española, tras contemplar el debate, diagnostique que la nación sufre un síndrome de histeria y desencanto. Dentro de unas coordenadas macroeconómicas, eso sí, que gusto da mirarlas. MIENTRAS el ministro de Defensa informaba al Congreso del atentado que mató a seis militares españoles en Líbano, el ministerio de Asuntos Exteriores confirmaba otra terrible noticia: otros siete españoles, esta vez civiles, caían asesinados en Yemen. En ambos casos el instrumento de muerte ha sido el mismo: un coche bomba. En ambos casos se puede hablar de la misma organización autora: un grupo vinculado a Al Qaeda, el buque insignia del terrorismo islamista, que estos días quiere mostrar enorme fortaleza, como se ha visto en sus intentos de provocar matanzas en Inglaterra. Y en ambos casos ha surgido la misma pregunta: ¿atentaron contra esa caravana de turistas porque eran ciudadanos occidentales, o porque sabían que eran españoles? Por el tipo de turistas que visitan el territorio donde hizo explotar el coche-bomba, se podría pensar que se atacó a la caravana de turistas simplemente por ser occidentales; pero lo cierto es que eran españoles. Es decir, parte de esa civilización desordenada y pecadora, cuyos miembros visitamos las tierras y los templos árabes en una acción irreverente y sacrílega, que sólo busca los placeres mundanos y no la penitencia por todas nuestras perversiones. En nombre de ese entendimiento del hecho religioso se destrozan vidas, se lleva el miedo y la inseguridad a todos los puntos de la tierra, se mantiene en alerta a las policías de medio mundo, y se mata a los «herejes» visitantes. Ante esa realidad, ¿qué hacemos viajando a países de tanto riesgo? Yemen no es una nación árabe más. Es cuna de terroristas que actúan en otros países. Hay antecedentes, como el secuestro de cuatro turistas franceses hace menos de un año. Y hay avisos oficiales, que el viajero debiera consultar y atender. Por ejemplo, la página web del Ministerio de Asuntos Exteriores advierte que la zona de Mareb, la del atentado de ayer, «no es recomendable» y, caso de viajar, resulta «imprescindible la compañía de guía local y de escolta militar». El gobierno tendría que hacer un mayor esfuerzo de difusión del peligro de cada región del planeta para evitar nuevas desgracias. Porque la consideración final de este suceso es que cada día que pasa perdemos algo de seguridad. La perdemos en nuestros propios países, donde siempre estamos esperando algún zarpazo del terrorismo. Y la perdemos de forma acelerada cuando viajamos a determinadas naciones. Ése es el mensaje de un atentado como el de ayer y de los ocurridos antes en Nueva York, Madrid, Londres, Casablanca y otros lugares del mundo: conseguir que no nos sintamos seguros en ningún sitio. Ésa es la «guerra santa» de los fanáticos islamistas. Y ayer le ha tocado a España poner las víctimas. Nos ha vuelto a tocar.