Diario de León
Publicado por
XOSÉ LUIS BARREIRO RIVAS
León

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CUANDO el chocolate se reblandece sigue siendo chocolate, con los mismos ingredientes y nutrientes, pero todos sabemos que ya no es lo mismo ni sabe igual, y que lo que antes era un manjar apetecible se ha convertido en alimento vulgar. La experiencia nos dice que el chocolate reblandecido se endurece de nuevo si se guarda en el frigorífico. Pero a nadie se le ocurre pensar que ese chocolate -sin brillo, sin forma y sin textura- tenga las mismas cualidades que poseía antes de que el calor lo tornase viscoso. Por eso nos conviene saber que, expresada la lección en términos metafóricos, el sistema democrático es como el chocolate, que lleva muy mal la pérdida de formas y texturas, y que, cuando se reblandece en contextos calientes, nunca repone del todo sus características esenciales. El mayor éxito de la Unión Europea no fue su progresión económica, sino la apuesta inequívoca por la democracia y la libertad. Los buenos sabores de su riqueza, que son como el cacao del chocolate, venían acompañados por unas formas y una textura que los hacían entrar por los ojos, y por eso nos hemos sentido, más que enriquecidos por sus transferencias, dignificados por sus valores democráticos. Pero la sensación que produce la Europa actual es de chapuza, como si el chocolate se guardase cerca del horno en vez de tenerlo en la fresquera. Cada vez que los ingleses mantienen su hecho diferencial en las políticas de libre circulación, en la construcción del espacio judicial común o en la calidad de su legislación antiterrorista, la democracia europea se reblandece. Cada vez que se tolera la excepción polaca, a costa incluso de los derechos humanos, el modelo democrático se nos pega a los dedos y nos mancha la camisa. Cada vez que aceptamos comprar rehenes y pagar en términos institucionales -chalaneando políticamente con Libia, con Hamás o con los terroristas de Irak- se pierde la textura de nuestro sistema de derechos y libertades. Está de moda que la eficacia prime sobre los principios, siguiendo un raciocinio que Aznar elevó a su máxima expresión en la crisis de la inmigración y las expulsiones dudosas: «teníamos un problema, y ya no lo tenemos». Y mucho me temo que en esos mismos términos se podrían resumir las cesiones a Blair y a los gemelos polacos, el rescate de los rehenes italianos y la brillante negociación realizada por Sarkozy para liberar a los sanitarios búlgaros. En todos los casos es evidente que «teníamos un problema y ya no lo tenemos». Pero la democracia de la UE se empieza a reblandecer como el chocolate, y pronto dejará de ser la guía perfecta para un proceso político complejo. Porque el camino fácil no es siempre el camino bueno.

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