Diario de León
Publicado por
EDUARDO CHAMORRO
León

Creado:

Actualizado:

SERÍA un error suponer que las fuerzas americanas de la operación Libertad Duradera destacadas en Afganistán, así como las de la OTAN dedicadas a tareas de reconstrucción en ese país, tienen a los talibanes como única adversidad. La sociedad civil interpuesta, por llamar de algún modo al paisano junto al que se oculta el talibán, contribuye de un modo decisivo a que las tropas extranjeras reincidan en el error que supone carecer de un objetivo claro. Si ponemos a los talibanes a un lado, junto con las organizaciones del terrorismo islámico, y al otro lado, enfrente -para entendernos mejor-, a los ejércitos y fuerzas regulares que los combaten, y nos preguntamos quienes saben mejor lo que hacen, la respuesta es desoladora y quizá deprimente. Quienes saben muy bien lo que hacen son ellos. También es cierto que son ellos quienes luchan aprovechando toda una amplia e insistente gama de excusas y justificaciones histórico-religiosas, para respaldar la falta de escrúpulos con que siempre actúa el fanático contra aquel a quien considera infiel. Sus recursos, en ese sentido, llegan del uno al otro confín. Pueden estrellar aviones contra objetivos civiles, usar gas sarín, envenenar redes hidráulicas, reventar líneas de comunicación, utilizar escudos humanos, secuestrar rehenes y matarlos al ritmo de su mejor conveniencia. Dado que entre sus recursos se incluye el atentado suicida, la vida de quienes no son ellos carece de valor y ni siquiera ofrece una posibilidad de comparación y contraste con la de ellos mismos, pues ellos se dan por muertos. De ahí que les de igual ocho que ochenta. Y son perfectamente conscientes de que semejante atrocidad puede llevar al combatiente enemigo al punto de abandonar el campo de batalla. Por lo tanto, algo de experiencia tienen en ese sentido, de modo que no es tan necia su obcecación homicida. No hacen, a la postre, otra cosa que insistir en una viña de la que alguna que otra uva ya se han llevado. De manera que les da igual matar uno o dos o tres misioneros surcoreanos, hasta asesinar a los veintitrés que mantienen cautivos, que detenerse a mitad de la cuenta, allí donde se les interponga la revelación de su propio capricho, y abandonar la matanza para llamar, simplemente, la atención por el mero hecho de no matar al cabo de llevar un cierto tiempo matando. Con semejante cambio de ritmo el terrorista podría, por otro lado, buscar el modo de evitar que la matanza ininterrumpida de inocentes produjera el colapso de la sensibilidad de los espectadores. En cualquier caso, ni la detención de la matanza ni la impensable entrada del Gobierno surcoreano a la negociación con el terrorismo, cambiaría el jaez de las cosas. Porque no hay un solo indicio de que el terrorista no secuestre de nuevo mañana y reinicie la secuencia del asesinato pasado mañana.

tracking