Diario de León
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CARLOS G. REIGOSA
León

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RECONOZCO que cada vez que se produce el rapto, agresión sexual y asesinato de una niña como Fernanda Fabiola Urzúa, de 15 años, me sublevo y me vuelvo partidario de recuperar los peores castigos medievales, empalamiento incluido. Es una pulsión irracional, lo sé, pero la sola lectura de la lucha desesperada de ésta y otras muchachas, que perecen en las garras de auténticos desalmados, no me consiente otra reacción. Por eso me es tan difícil escribir estas líneas, que quizá debieran ser concebidas desde la perspectiva del Derecho, e incluso desde la compasión. Pero hoy la rabia me ciega, y quizá estoy escribiendo en plena tiniebla, porque la reiteración de estos crímenes clama a la justicia. Toda España acaba de conocer el triste destino de Fernanda. Aún no se sabe nada de los otros dos desaparecidos en Canarias: Sara Morales y Yeremi Vargas. Comprendo el llamamiento a la tranquilidad que ha hecho el delegado del Gobierno en las islas -sé que su posición es la razonable y la que corresponde a su cargo-, pero ¿de qué tranquilidad habla? Ha subrayado que se trata de «un hecho puntual». ¿Y los otros «hechos puntuales»? ¿Cuántos hacen falta para que, sin perder la calma se revisen unas leyes ineficaces contra esa reincidencia? Porque el atacante colombiano de Fernanda tenía antecedentes por agresión sexual. Y pudo reincidir. Sólo cabe esperar que no pueda hacerlo más, ni él ni otros como él. Pero hay que tomar las medidas adecuadas cuanto antes; no medievales, de acuerdo, pero sí resolutivas y eficientes. Porque sólo la justicia evita la venganza.

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