EL RETROVISOR
Sendas, caminos, carreteras
EN LOS fines de semana de este tiempo de verano todos los caminos que afluyen a costas y playas se saturan de automóviles. Hemos sabido bien recientemente que en una autopista catalana se habían constatado retenciones del tráfico que habían alcanzado hasta 70 kilómetrosde carretera. Ejemplos que se repiten de uno a otro lugar, como obedeciendo a una lógica implacable: la demanda del vehículo de motor en cualquier país industrializado ha superado siempre a la oferta de viales. Se agota la capacidad de las infraestructuras. ¿Vale un recurso a la historia? En un acabado estudio de Santos Madrazosobre el sistema de transportes español de los siglos XVIII y XIX se recoge una expresión de D. du Dézert según la cual hasta 1750 España «era un pueblo de unos nueve millones de habitantes en un país sin carreteras». En pleno siglo XIX existen sendas pero no caminos pavimentados; bastantes ciudades y puertos de mar carecen de acceso carreteril. Los caminos son de carro y de herradura, prepondera el tráfico a lomo de caballería. El Estado no construía y la empresa de hacer vías se dejaba en manos de los municipios. Es por eso que el panorama de nuestro sistema caminero hoy, cien años después, aún admitiendo las tachaduras que se quieran, es revelador de una ingente tarea que tiene en cuenta un viejo principio: «la vía es la vida». Sólo un gobierno de sabios con la base de una hacienda poderosísima habría sido capaz de prever los impresionantes ritmos de crecimiento de la automoción, para adelantarse en la ejecución de obras capaces de responder a una demanda insaciable. Irá siempre en la cabeza el furor mecánico. El camino requiere de muchos estadios hasta su disponibilidad y, por lo demás, la obra acabada clama ya por la obra nueva. Sírvanos de consuelo que ya en 1994 la Comisión de las Comunidades Europeas lamentaba el fracaso del Tratado de Maastricht, por cuanto en la red transeuropea tan sólo se había realizado una quinta parte de las infraestructuras previstas. Sobre la CE pesaba ya entonces la vieja amenaza de «apoplejía en el centro y parálisis en las extremidades».