LA VELETA
ETA se enrosca
TENÍA QUE VENIR, y vino horas después de que el ministro de Interior advirtiera de la inminencia de su llegada. Con su atentado en la madrugada de ayer en Durango (Vizcaya), contra la casa cuartel de la Guardia Civil, ETA vuele a introducirse en el túnel del tiempo, pero esta vez no logra que la sociedad española le acompañe en esa marcha atrás hacia la anti-Historia. El azar que en ocasiones protege de la muerte a los objetivos señalados por el terrorismo ha evitado que Durango se tiñese ayer de luto mayor por un número indeterminado de guardias civiles y familiares muertos. Cerca de cien kilos de explosivos y suficiente metralla para causar una masacre testimonian que ETA vuelve a intentar, esta vez sin fortuna, al asesinato masivo. Han tenido que desempolvarse de la memoria los comunicados y las frases de condena a los atentados terroristas, y se ha podido comprobar, emocionalmente al menos, que nunca en los cuarenta años de terrorismo etarra habría ofrecido la banda, en su reaparición criminal, una imagen tan sepia de si misma. Antes de que la vicepresidenta Fernández de la Vega calificara de «indecente», tras el consejo de ministros, la actitud de quienes no condenan la violencia, José María Olano, portavoz de Askatasuna, precisó que los responsable del atentado son Imaz y Zapatero. Y después de la reunión de la junta de portavoces del Ayuntamiento de Durango, los cuatro concejales de ANV se negaron a firmar el comunicado de condena suscrito por PNV, PSE, PP y Aralar, y redactaron un texto refiriéndose a las agresiones que el pueblo vasco lleva meses sufriendo de los estados francés y español. En este ayuntamiento vizcaíno los indecentes andan de cuatro en cuatro. El PP prolonga unos días más las vacaciones, y su secretario general, Ángel Acebes, hizo desde el sur un comunicado comedido defendiendo la unidad de todos los demócratas frente a ETA, pero sólo para derrotarla, y obviamente para hacerla perder toda esperanza en el logro de cualquier objetivo político. El nacionalista catalán Duran i Lleida ya había pedido unidad y apoyo al Gobierno y a las fuerzas de Seguridad, pues resulta «improcedente» marcar diferencias partidistas en momentos como éste. Muy dura fue también la condena del Gobierno tripartito vasco, calificando de silencio «cobarde y cómplice» el del radicalismo abertzale, con su sumisión absoluta a los dictados de ETA, como comparsas de la banda, por lo que se ven abocados a asumir sus crímenes. No encuentra así ETA ni un punto de comprensión o tolerancia en toda la franja del nacionalismo democrático de Euskadi, tan desalentado por el tercer fracaso de las conversaciones de paz como la sociedad vasca que había acariciado el sueño del fin del terrorismo.