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León

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Dos días especiales en el pueblo de Curueña El objetivo de estas humildes líneas no es otro que el de la gratitud y el éxito de gozo en el que se vivió los días 17 y 18 en el pueblo de Curueña. Este pueblo está situado en pleno pulmón de la montaña de Omaña. Y, como otros tantos, se va muriendo porque en invierno sólo se queda el actual presidente, dos perros y media docena de gatos. Y de verano poco más. Pues bien, estos dos días han sido dos días especiales gracias a los ganaderos que tienen el campo arrendado para una manada de vacas, que donaron un ternero para un juerga que duró más de dos días, dos días de convivencia. Gracias al detalle de estos señores se logró reunir a unas 150 personas llegadas de León, Valladolid, Barcelona, Asturias y algún otro punto más. Gente que hacía muchos años que no venía al pueblo e hijos de nativos que no lo conocían. La gente comentaba que hacía 25 ó 30 años que no se juntaban tantos, porque, por no celebrar, ya no se celebraba ni la fiesta del pueblo. Yo oí a un señor mayor comentar: «Aún recuerdo las horas de mi infancia, las correrías, gritando siempre más allá, arrastrándonos por floridas camperas que nunca volveremos a pisar». Son los recuerdos más dulces porque nunca volverán. Yo tengo que destacar la noche del 17 al 18, que yo calificaría como una noche mágica. Y digo mágica porque todo fue como de magia, fue más allá de lo inimaginable y previsto. El ternero lo prepararon a la brasa, a la plancha, a la parrilla y a la estaca. Los encargados de prepararlo, sin ser cocineros, no tienen nada que envidiar a ningún profesional. Además, no faltó de nada, todo bien organizado y todo el mundo supo estar. Disfrutaron desde niños en brazos de sus madres a señores de más de noventa años. Después de cenar hubo baile, bajo ese techo azul que hasta las estrellas parecían brillar más y hasta el aire que se respiraba era más puro. Con el buen comportamiento y con el mejor estar, se llegó a las cuatro de la madrugada. Y como es de buen nacidos ser agradecidos, en este caso tendrán que agradecerse mutuamente, porque si los ganaderos han tenido este detalle, es que están agradecidos del pueblo. De todas formas, gracias señores y que se vuelva a repetir. Gerardo Santos Valcárcel (Trobajo del Camino). Un buen bocadillo y un gran testimonio Un verdadero testimonio de alguien valiente y fiel al Evangelio. No sé cómo, pero dejó un reguero con perfume de buenas obras en una hora en la que abunda el olor a sudor, nada molesto, de quienes regresan de buscar el pan cotidiano. Ignoro su nombre pero en su rostro se reflejaba la luz del rostro compasivo y misericordioso. Dicha concreción del amor sucedió hace unos días cuando yo regresaba a casa en tren y en la estación. Un joven maltrecho por las drogas, las dos piernas vendadas, demacrado y llorando, se nos acercó, pidiendo: Por favor, denme algo para comer, estoy cansado, denme algo. Muchos, y yo también, desviamos la mirada, como esperando que pasase de largo. El corazón latía acelerado. De pronto, una señora se levantó del asiento y proclamó: Mira hijo, soy cristiana. Dios es nuestro padre. No te voy a dar dinero, pero te voy a dar este bocadillo que llevo para cenar. Es mi cena, porque voy a trabajar. Acéptalo, por favor. El joven se quedó paralizado, al igual que todos nosotros. Cogió el regalo. Se retiró unos metros, y sentado en el suelo comenzó a comerse el bendito bocadillo. Abundó el silencio y la interpelación. Un hombre se dirigió a aquella señora diciéndole: gracias, señora, por su testimonio. En nuestra sociedad, personas así acercan el hombre a Dios sin escatimar la lucha contra la pobreza o la miseria del prójimo y el amor del prójimo es un camino para encontrar a Dios. Hacen carne el programa del cristiano, el programa del Buen Samaritano, «un corazón que ve». No sé el nombre de esa mujer, pero ya la llamo Esperanza. Anatolio Calle Juárez (Navatejera).

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