FRONTERIZOS
Pavaroti, el de Flores
NUNCA SUPE cual era su nombre de pila. Todo el barrio lo conocía por Pavaroti. Tal vez empezaron a llamarlo así mucho después, cuando se hizo popular el tenor italiano. Pero no lo creo: un aficionado a la ópera en aquel lugar y en aquel tiempo podría correr serio peligro en su integridad física por sospechoso de mariquita. Pudo ser a mediados de los sesenta cuando se instaló en Flores del Sil, al final de una calle trazada con pulso tembloroso, muy cerca de aquella casa donde, decían, se pecaba barato y los comunistas tenían crédito fácil. Creo recordar que presumía de abuelo italiano, aunque el fuerte acento extremeño delataba su origen. Era un hombre alegre, posiblemente tirando a golfo, pero de una golfería campechana e inocente que no hacía daño a nadie más que, si acaso, a él mismo. Vivió intensamente el espíritu de aquel territorio sin leyes que era el Flores del Sil de la época, evocada estos días con precisión y orgullo por el pregonero de la Encina, José Antonio Álvarez Gundín, habitante feliz de aquel barrio que entonces empezaba en la sierra de los Venancios y se extendía, retorcido y caótico, hasta el final de la Cemba y las primeras casas de la Martina, en la vieja carretera de Orense. Era una zona que había elaborado sus propias normas, creado su propia moral y levantado su centro social en el Cine Sil, a cuyas puertas, ha dicho certeramente Gundín, «crecimos en sabiduría, dignidad y desgobierno». El pregón festivo y la muerte de Pavarotti (éste con dos «tes»), me ha hecho no sé si recordar o recrear a ese personaje que perfectamente pudo haber existido en aquel barrio neorrealista, humilde y libre que fue el Flores del Sil de hace cuarenta años.