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VICENTE HUERTA
León

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No hay caminos para la paz. La paz es el camino (Ghandi). DURANTE los últimos meses hemos podido observar, no sin preocupación, el creciente aumento de esa violencia que no cesa en Oriente Medio. Por si esto fuera poco, el viejo fantasma del rearme, de la subsiguiente militarización de las relaciones internacionales y de la diplomacia, ha vuelto a aparecer en escena. En su último viaje a la zona del conflicto, la Secretaria de Estado norteamericana proponía el rearme de algunos países de la zona, argumentando que se trata de «mejorar la capacidad de asegurar la paz y la estabilidad de la zona del Golfo» (sic) ( La Vanguardia del 5-VIII-07). Por fortuna no todo el mundo piensa en arreglar los conflictos por el camino de la violencia. Benedicto XVI, uno de los pocos líderes mundiales fuera de toda sospecha, en cuanto a intereses en el negocio de las armas se refiere, ha hablado recientemente en distintas ocasiones sobre el tema. Primero lanzó un apremiante llamamiento a rechazar la carrera de armamentos y exigió superar la tentación de resolver los problemas con la guerra, a la que denominó «masacre inútil» (Lorenzago de Cadore, 22 julio 2007). Una semana después volvía a alzar su voz recordando la doctrina de la iglesia: «es preciso sustituir la carrera de armamentos, por un esfuerzo común para movilizar los recursos hacia objetivos de desarrollo moral, cultural y económico redefiniendo las prioridades y las escalas de valores» (Castel Gandolfo, domingo 29 julio 2007). Atengámonos a los datos. El gasto militar mundial creció un 3,5% en el 2006, alcanzando 1.204.000 millones de dólares, según revela el Instituto Internacional de Investigación para la Paz de Estocolmo en la última edición de su libro anual publicado el 11 de junio, en el que se proporciona un amplio panorama sobre temas de armamento y seguridad global. El incremento del año pasado significa que entre 1997 y el 2006 el gasto militar mundial subió un 37%. Además se comercializaron internacionalmente casi el 50% más de armas convencionales que en el 2002. Elisabeth Sköns, una de las responsables del informe, comentaba: «Vale la pena preguntar en qué medida es rentable el gasto militar como forma de aumentar la seguridad de las vidas humanas, si hablamos de evitar muertes y discapacidades prematuras debidas a los actuales peligros». «Por ejemplo, sabemos que millones de vidas podrían salvarse por medios de intervenciones médicas básicas que costarían una fracción de lo que el mundo gasta en fuerzas militares cada año», afirmaba en una nota de prensa acompañando la publicación del informe. El informe precisaba que el gasto militar mundial se distribuye de forma extremadamente irregular. En el año 2006, los 15 países con el mayor gasto sumaron el 83% del total mundial. Estados Unidos gastó 528.700 millones de dólares. El gasto militar de Estados Unidos ha aumentado de forma acusada debido al coste de las operaciones en Afganistán e Irak. Se calcula que lo que lleva gastado Estados Unidos en Irak es diez veces más de lo que haría falta para erradicar el hambre en el mundo durante siete años. El informe observaba que el gasto militar chino ha continuado aumentando rápidamente, alcanzando los 49.500 millones de dólares. Por primera vez ha superado a Japón (43.700 millones de dólares), convirtiendo a China en el país que más gasta en Asia y en el cuarto del mundo. De hecho, Japón disminuyó su gasto militar el año pasado, por quinto año consecutivo. India es el tercer país en gasto de Asia, con 23.900 millones de dólares. Durante el año pasado, los representantes del Vaticano han intervenido en varias ocasiones durante los encuentros de Naciones Unidas para dejar clara la postura de la iglesia con respecto a las armas. El 6 de octubre pasado, el arzobispo Celestino Migliore, observador permanente de la Santa Sede ante las Naciones Unidas, habló ante la primera comisión de la Asamblea General durante una sesión dedicada a desarme y seguridad internacional. Comentaba que han fallado algunos esfuerzos para controlar las armas. Por ejemplo, los encuentros del pasado verano sobre armas ligeras no dieron lugar a resultados concretos. Además, los gastos en armas siguen siendo muy altos. «Con demasiada frecuencia los debates sobre armas ligeras y armas nucleares se tienen en términos abstractos desde posturas preconcebidas y hay pocos signos de querer aprender», afirmaba monseñor Migliore. Pocos días después, el Consejo Pontificio para la Justicia y la Paz publicaba una declaración apoyando la resolución de la ONU sobre control internacional de la importación, exportación y transferencia de armas convencionales. Mientras un coro de voces acusa a la iglesia de retrógrada y oscurantista se silencia su lucha por el desarme necesario. Lo decisivo es luchar contra la injusticia y fomentar el desarrollo de los países más desfavorecidos, y para esto lo que menos necesitamos son las armas. Como repitiera Pablo VI «El desarrollo es el otro nombre de la paz».

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