TRIBUNA
A la atención del Sr. Rajoy, adláteres y correligionarios
ME ENCUENTRO, otras limitaciones al margen, entre los leoneses que se han quedado cortos en estatura y en patriotismo chico. Respecto a lo primero, hay ciertas cualidades humanas que se cultivan y desarrollan con inteligencia y voluntad, pero otras «¡ay esas otras!» no dependen de nosotros, nos las da la naturaleza: quod natura non dat, Salmantica non prestat. Y la madre naturaleza no ha querido que mi hermano cuerpo, ¡por una porquería de unos cuantos centímetros!, alcanzase el 1,80, altura de gastador, de la que sí puede presumir, por ejemplo, don Mariano Rajoy. En cuanto a lo segundo, me he quedado en simple leonés, sin llegar a alcanzar la altura de leonesista, y mucho menos la de castellano-leonés, ¡qué le vamos a hacer! Ello no evita mi irritación ante las palabras del Sr. Rajoy en Ávila, respecto a que considera «absurdo y propio de la Edad Media» el intento de la Alcaldía de León, con su alcalde al frente Francisco Fernández, de conseguir el reconocimiento de la birregionalidad en la reforma del actual estatuto de la Comunidad Autónoma de Castilla y León. Es decir, que los cercanos al regidor en este asunto y distantes por ende del Sr. Rajoy somos poco menos que trogloditas e irracionales, y que la actual configuración autonómica es un hecho natural e incluso sobrenatural, por lo tanto, inapelable. Habrá que recordarle a don Mariano Rajoy que cuando se inventó el bodrio -al menos para mí- de las autonomías, todas las anteriores regiones históricas pasaron a ser comunidades autónomas, salvo la de León; y que de la de Castilla La Vieja se desligaron La Rioja y Cantabria, porque los riojanos y cántabros lo quisieron poniendo todo lo que había que poner encima de la mesa. ¿Qué hubiera pensado el señor Rajoy si los prohombres de la transición hubieran determinado una Comunidad Astur-Gallega, por ejemplo? ¿O los catalanes y aragoneses ante una Comunidad Catalano-Aragonesa? Pues, ¡qué iban a pensar!, correr a gorrazos a los culpables de tamaña fechoría. Pero la sensibilidad galaica de vengo y voy, de sube y baja, no le da al señor Rajoy espacio mental para comprender que los leoneses no queramos hoy, a la vista de resultados sociales y económicos, seguir integrados en la estructura cajón de sastre en que nos metieron, sin pedirnos parecer, su correligionario señor Martín Villa, el señor Peces Barba o el lucero del alba, con la complicidad de nuestro silencio, no lo olvidemos. Me queda la duda de saber si aquello se hizo con el propósito de constituir una magna autonomía territorial a socaire de poderosos intereses nacionales, es decir, de la patria una, grande y libre. Pero, en cualquiera de las hipótesis y en un sistema democrático, nadie puede obligar por decreto a los ciudadanos a integrarse y convivir en una autonomía u otra sin haberles consultado previamente. Y si así fue debió de ser porque aún estábamos en la inercia de un régimen autoritario. Entonces los leoneses no tuvimos la suficiente perspicacia para adivinar qué se nos venía encima, ni la suficiente convicción de que León ha de ser sólo lo que los leoneses queramos. Y para ello no hay otro argumento que preguntárselo a los interesados, al igual que de Navarra ha dicho Zapatero; sino gallego, ejerciendo de tal. Si Navarra es una región histórica y autónoma del País Vasco -utilizando sus propias palabras, Sr. Rajoy- ¿por qué le repugna a usted admitir que León sea una región histórica y autónoma de Castilla, algo que proclaman tanto el pasado como la actualidad de los leoneses? ¿No dice usted, refrendando la constitución, que todos los españoles somos iguales en derechos oportunidades y obligaciones? ¿A qué se debe, entonces, la discriminación y subestimación con que nos ofende? ¿Y en virtud de qué estima usted que el proceso autonómico esté ya bendecido y consagrado ab aeterno? No me venga usted con lo de «Santa Rita, rita, rita, lo que se da no se quita». Si usted es partidario de la «abogada de los imposibles», o de Parménides, otros lo somos de Heráclito. Las cosas no son siempre idénticas a sí mismas; que nadie se baña dos veces en el mismo río. No sé por qué hay que mantenerse en el error ante el temor de que un cambio en la estructura territorial a todas luces justa pueda afectar al equilibrio territorial del país, continuamente hostigado por las reivindicaciones de los independentistas vascos y catalanes, que más tarde o más temprano las conseguirán. En una auténtica democracia no hay nada definitivo, porque la democracia es un ejercicio diario. Si en su discurso de Ávila ha dicho usted, Sr. Rajoy, que «el gran drama de esta legislatura ha sido que nos hemos dedicado a discutir si somos una nación, dos, tres o dieciocho, sobre la alianza de civilizaciones y sobre la memoria histórica», la respuesta es sencilla: porque todo ello se cerró en su día de modo provisional, y la mayoría de los políticos, preocupadísimos por la conquista del poder, no les renta políticamente coger esas reses por los cuernos. Usted, hombre que presume de moderno, pragmático, actual, contrariamente a los cavernícolas que respiramos entre las brumas del pasado, no va por «el debate de las autonomías», sino a lo importante y sustancial: las «necesidades reales» de «la cesta de la compra y las hipotecas». Pero no se ha percatado, don Mariano, que sobre los asuntos sociales y económicos las autonomías tienen bastante que decidir y que, por lo tanto, el leonesismo no es sólo un sarpullido emocional semejante a la «morriña» o la «saudade»; se mueve más por cifras que por latidos de corazón. Empalmar dos regiones con su propia identidad en una comunidad única ha sido una aleación excepcional para la nación pero desafortunada para los leoneses. Ante la reforma del estatuto sería el momento de no cometer el mismo pecado de docilidad. Sólo la movilización es la única capaz de hacer entrar en razón a una clase política que no parece en la práctica muy alejada del viejo postulado despótico de «todo para el pueblo, pero sin el pueblo». No hay nada de demagogia en ello. El auténtico ejercicio democrático del ciudadano no debe limitarse sólo y exclusivamente a meter un papel en una urna y adiós y Santas Pascuas. Eso es algo muy distinto que recibe el nombre de partitocracia. Y si se sigue pertinazmente en refrendar el estatuto erre que erre, como parece sostener el señor Rajoy, adláteres y correligionarios, además de manifestarme contra ello, me vestiré a lo Ghandi e iré exhibiendo por las rúas el blanco de mi túnica.