EL RETROVISOR
Morir en las carreteras
UN COLUMNISTA de este periódico se refería en días pasados al drama social de las carreteras y al hecho de que las muertes en ellas se computen en estadísticas anodinas. Unicamente la medida extraordinaria de un episodio o la celebridad de la víctima darían eco o resonancia especiales lo que es en todo caso una tragedia. La materialidad de perder la vida brutalmente en el tráfico es, desde hace bastantes años, noticia diaria, que pasa inadvertida. tanta muerte a bordo de automóviles es ya casi una forma natural de muerte, aún repugnando a la razón. A tanto llega el acostumbramiento. De ordinario, la suma de violencia y de dolor en un accidente que termina con la muerte de seres humanos, no rebasa el ámbito familiar y amistoso de las víctimas. Apenas si su eco llega mas allá. Al cabo de millares y aún de millones de muertos en las carreteras, esa misma reiteración no pasa de producir impasibilidad social. En un estudio sobre la accidentalidad en el tráfico, de 1961, hacía notar L. G. Norman que el aumento gradual y constante de muertes en el tráfico terminaba por causar apatía e indiferencia a una sociedad que aceptaba la habitualidad de estos hechos tras la experiencia de dos guerras mundiales anteriores, con una estela tras de sí de infinitud de vidas jóvenes perdidas. La cotidianidad de los accidentes de tráfico se hace rutina y cuando la atención del observador ahonda mas allá de la estadística advierte que estamos realmente ante una silenciosa catástrofe que hiere a la sociedad misma al modo que la gota de agua persistente llega a horadar la roca. Las singularidades de los accidentes de tráfico parecen paralizantes para cualquier modo de reacción comunitaria. Un mínimo desajuste en tantas formas de actividades humanas es razón de protestas y de manifestaciones sociales. La circulación de vehículos se alía con un silencio cómplice, como si hubiera de aceptarse mudamente tanta conducta irresponsable. Se ha dicho hasta la saciedad que la seguridad vial es cosa de todos. Tanto daño a la sociedad parece mantenerse inalterable.