Diario de León

TRIBUNA

Froilán Lanero Villadangos, del Páramo a los altares

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LUIS LANERO
León

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«CIELOS, rociad desde lo alto; / nubes, lloved al justo» . Profeta Isaías. Sobre la provincia de León, de norte a sur y de este a oeste, caerá mañana, 28 de octubre, un «chaparrón» de santos. Ella sola aporta casi una treintena de 498 nombres que integran la nómina más numerosa, tal vez, en beatificaciones, de la Historia de la Iglesia. Cuando Froilán llegó al hogar de Dionisio Lanero y Vicenta Villadangos, en Villadangos, el día 3 de octubre de 1910, el Páramo era aún la gran llanura, sedimento de tiempos y pesadumbres geológicas, escasa en aguas y arboledas, de tierras resecas y terrones pobres. A Froilán le habían precedido siete hermanos, y tras él vendrían aún otros tres, once en total, ocho varones y tres mujeres. Todo un récord. No es raro aquí el nombre de Froilán, pero, ¿por qué se lo pusieron a este niño? Patronazgos o resabios familiares, sin duda. El nombre más repetido en la genealogía Lanero , en la que he investigado no poco, es el de Pedro , ya en las primeras citas hacia 1550. El segundo es precisamente el de Froilán o Froylán , que con las dos grafías aparece. Por cierto que se introduce en la saga de mano femenina: Froilana Lanero en Bercianos del Real Camino en 1697, o en Joarilla de las Matas en 1726. Pasa a los varones en adelante, Froylán o Froilán Lanero en: San Miguel de Montañán (1768), en Gordaliza (1819), (1840, con el dato casual en este bautizado, de que su madre se llama Vicenta, el mismo nombre de la futura madre de nuestro protagonista), y (1848). No aparece más el nombre hasta el 5 de octubre de 1910, día en el que cristianan a nuestro Froilán en Villadangos. Heredarán su nombre en nuestros días un sobrino carnal y un sobrino nieto, en el mismo pueblo. Diez, en total. Ahora el nombre de Froilán entra en el santoral, arrastrando el apellido Lanero que, sin la violencia del martirio, nunca, me parece, hubiera alcanzado tan alta cota. El clan de los Lanero se había instalado al final del pueblo, en las últimas casas que despiden la carretera hacia León. Podría esbozar perfectamente el plano de la casa puesto que en los años de la guerra se refugiaron en ella casi todas las hijas y los nietos, al amparo de la abuela (el abuelo había fallecido dos años antes). Eran de tapia de barro prensado las paredes exteriores, de adobe endeble, y hasta de sarmientos de vid entreverados, las interiores. ¿Cómo pudieron convivir en ella el matrimonio y los once hijos? La principal ocupación familiar y de sustento era, como en los demás hogares, la agricultura. Sé que tenían los abuelos bastantes «tierras» en su capital, casi todas de secano y algún majuelo, tierras de «pan llevar» o de «no llevar», dejadas a la mano de Dios o a la veleidad de las lluvias. Aún faltaban muchos años para que las aguas de los soñados pantanos de la montaña sustituyesen los tristes grises secos de la paramera por los verdes jugosos de la vega. ¿Quién, en todo caso, las iba a desbrozar y labrar, si no había jornaleros, ni con qué pagarles? ¿Quién iba a recoger los frutos en «trillas» o vendimias? Sé que «padre y madre», como me contaba mi propia madre, iban a arar llevando consigo en el «capazo» al bebé de turno. Lo posaban, bien arropadito en la cuna del surco y, cada vez que la yunta daba la vuelta, le hacían un cariño sin pararse, antes de iniciar el nuevo trazo. ¡Qué sacrificios no se echarían encima aquellos padres para enviar al hijo mayor, Rufino, a estudiar al Seminario de León! Era, sin duda, la elección una señal de la religiosidad familiar, pero a la vez un esforzado intento de ofrecer a los hijos la posibilidad de acceder a un superior nivel económico y social que suponen los estudios. Debió de hacer fuerza más tarde el seminarista para que sus dos hermanos, Miguel y Froilán, encontraran opción semejante en el Colegio Agustiniano de Valencia de Don Juan. También he visitado, en este afán de recorrer las estaciones familiares, la villa de Coyanza, el Colegio, los hermosos paredones del Castillo, a la vera del río. No llegué a conocer personalmente a mi tío Froilán, que me llevaba 22 años. Han transcurrido muchos más. Pero él se ha quedado para siempre en los 25, que era la edad que tenía cuando murió (la «eterna juventud» se compra con la muerte temprana). Sobre mí han pasado cada vez con más prisa. A la altura de los setenta se me trastocan los tiempos y, desde mis altas torres veo a Froilán adolescente, que estudia para santo sin darse cuenta y escala a la carrera las rampas del castillo. No sé si me da pena o envidia: le quedan unos años de vida. Después de tres cursos de Humanidades se traslada al Real Colegio de Valladolid, donde toma el hábito de la Orden y deposita sus votos temporales en manos del Prior, Anselmo Polanco, futuro obispo de Teruel y mártir -ya beatificado- de la misma causa. Pasa luego al Monasterio de La Vid, en Burgos, para estudiar Filosofía y Teología. Allí es ordenado Sacerdote, en julio de 1934, a los 23 años. Su primer y único destino fue el Colegio de Uclés (perteneció antaño el edificio a la Orden de Caballeros de Santiago). De él se le expulsa en los primeros días de la contienda (el 24 de julio). Religiosos y alumnos se refugian en casas particulares. Algunos de sus discípulos lo recuerdan años más tarde vestido de seglar, con la chaqueta bajo el brazo por el calor del verano, levantando los ánimos por los distintos domicilios en que se hallaban semiescondidos. Sabedor de la ejecución del Prior y otros religiosos, en Belinchón una de aquellas noches, decidió tomar el tren hacia Madrid junto con tres compañeros más. El atuendo, para ellos desacostumbrado, sus modos cohibidos y hasta su conservación o sus silencios, les delataron de inmediato y ya en el mismo tren fueron detenidos. Todo fue precipitado. Se les condujo a la checa de Atocha. No hubo más trámites o alegatos. Llevaron a los cuatro a las afueras de Madrid, por la carretera de Valencia. En el Km. 10 los ejecutaron. Sus cuerpos, desfigurados por la tortura, fueron reconocidos con dificultad por un antiguo alumno. Luego los arrojaron a una fosa común en el cementerio de Vallecas. Son datos y fechas, los anteriores, recogidos casi a la letra, del libro de José Villegas Delgado Biografías agustinianas de la Provincia de España , editoruial Religión y Cultura, Madrid, 2001, pp. 470 y 471. Termina el cronista con apenas una alusión al aspecto físico y psicológico de Froilán. Me encanta: «... era de estatura media, ligeramente delgado, bien parecido». Sí, no son muy altos los mozos del Páramo, pero bien plantados, fuertes, fibrosos... El «bien parecido» es un ejemplo de comedimiento expresivo. Sería Froilán de porte semejante al de los dos hermanos que le seguían en edad y que recuerdo haber visto en alguna olvidada fotografía, apuestos y planchones en atuendo de campaña. «Alegre y jovial -prosigue el autor en etopeya de urgencia- humilde, sencillo...»... El suceso de esta beatificación debería alegrar a España, patria de esta joven Legión Tebana. La mayoría de los nuevos beatos leoneses tendrían, al morir, entre 20 y 30 años. Incluso hay un muchacho de 18, José Antonio Pérez García. Casi todos hijos de sencillas familias del rural, de auténtico pueblo. Estamos acostumbrados a leer, incluso en el santoral, nombres de alcurnia. Pues ahí va una nutrida nómina de nombres y apellidos casi vecinales: Pérez García, se apellidaba el anterior, Bernardino Álvarez Melcón, Esteban García Suárez, Gerardo Pascual Mata, Esteban Vázquez Alonso, etcétera... No he hecho más que abrir el listado. Me alegro por la provincia, por el Páramo, por el pueblo de Villadangos especialmente: igual sentir religioso en toda la comarca, parecidas -en aquel tiempo- penurias de trabajo y existencia; costumbres semejantes, idéntico lenguaje... Toda la historia familiar precedente podrían firmarla los parientes de los compañeros mártires de Froilán, y me permito saludar desde aquí a las familias de los pueblos vecinos que festejan de igual modo el triunfo de los suyos en esta olimpiada: Melchor Rodríguez, de Laguna de Negrillos; Santiago Franco Mayo, de Santa María del Páramo, Esteban Vázquez Alonso, de Carrizo de la Ribera y Antero Mateo García, de Valdevimbre.

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