DESDE LA CORTE
Cuatro apuntes para un balance
TERMINADO el viaje de los Reyes a Ceuta y Melilla, ya se puede -y debe-hacer un balance de la visita. Se me ocurre que hay cuatro perspectivas posibles: la singularidad del acontecimiento, el referéndum que supuso, la confianza que asentó en la población, y las relaciones que deja con ese incómodo y complicado vecino que tenemos al otro lado del Estrecho. ¿Por qué hablo de singularidad? Porque, por mucho esfuerzo que hagamos en considerarlo un viaje normal, no lo es. Si lo fuera, se habría efectuado alguna vez en los 32 años de reinado de don Juan Carlos; no habría sido la apertura de todos los telediarios y no estaría en todas las portadas de la prensa española. Ha sido una visita excepcional, planteada con todas las cautelas, medida en sus repercusiones y con gran cantidad de riesgo. Todo eso no es negativo. Al revés: aumenta el éxito de la visita. En sus resultados ha tenido el valor de un auténtico referéndum sin urnas. La población que vitoreó a los Reyes ha dado muestras de un extraordinario cariño. Ha lucido la bandera española con tal entusiasmo, que el independentista Joan Tardá tiene razón en las palabras, aunque sea despreciable en la intención: hubo un «aire nacionalista españolista». Y, por lo visto en las fotos y las imágenes televisadas, no hubo distinción de razas, ni de credos, ni de vestimenta: ahí estaban, en admirable convivencia, el vestido occidental y la chilaba. Y en esa votación sin urnas se votó por Corona y españolidad. Ni hubo dudas ni medias tintas. En cuanto al mensaje de fondo, también tienen razón los otros críticos, que son los marroquíes: ha sido la confirmación de que España no piensa abandonar a las dos ciudades. Si alguna vez hubo dudas por indefinición del gobierno o la propia ausencia de los Reyes, incógnita despejada. Eso también fue lo celebrado por los ciudadanos. La seguridad de seguir en España es la apuesta por el futuro de democracia y progreso. La duda de no seguir era algo más que una zozobra: era una angustia. Y, finalmente, el cuadro de relaciones que queda con Marruecos. Sospecho que es bastante más positivo de lo que dicen las crónicas de Rabat. Como apuntábamos antes del acontecimiento, un viaje así no se hace sin un diálogo previo que contempla un acompañamiento controlado de protestas. Sospecho más: que ese diálogo se hace en las alturas, de Corona a Corona, con un tono de complicidad que sólo es posible en quienes encarnan sendas monarquías. ¿Qué hizo y debe hacer ahora nuestro gobierno? No moverse demasiado: ni pretender apropiarse del éxito (que alguna tentación se intuye), ni provocar con la palabra, ni responder a las iras de Marruecos. ¿Salió bien el menú? Pues ahora pongan la olla a enfriar.