DESDE LA CORTE
El bolsillo y la realidad de España
LA CONFERENCIA Política del PP ha animado el patio político. Lo ha animado en el buen sentido: ha introducido un debate sobre propuestas concretas que serán buenas o malas, posibles o imposibles, pero se pueden discutir. Se agradece, porque llevábamos casi cuatro años en la discusión etérea, puramente testicular, de rompepatrias y salvapatrias que sólo consiguió crispar a la sociedad. Ahora, por lo menos, el aspirante a la presidencia del gobierno Mariano Rajoy pone sobre la mesa un modelo fiscal y un esquema de reforma política. Hay que decir, antes de nada, que hizo falta la llegada de las elecciones para que el Partido Popular se diera un pequeño baño de realismo. Hizo falta que se sintiera acuciado por la necesidad de ganar -o la de perder-para que se decidiera a aparcar sus fantasmas preferidos, como la autoría del 11-M o el resquemor de la derrota de 2.004, que nunca entendió ni perdonó. E hizo falta el olor de las urnas para oirle hablar de pacto con el Partido Socialista, de crear un nuevo consenso y de hacer alguna propuesta, en vez de la demolición constante y estéril del adversario político. Si esa nueva forma de entender su presencia en la vida pública hubiera asomado en el PP hace un par de años, se habría evitado muchas impopularidades, y don Mariano Rajoy no tendría esa injusta imagen de intransigente o sectario que tiene que soportar. Ahora ha llegado la hora de la rectificación. Se hace a medias, porque los rostros que han provocado más rechazo continúan en la foto. Pero se ha encontrado el caramelo mágico de la rebaja de impuestos. Con ese caramelo a la puerta de los mileuristas, confía el señor Rajoy en conseguir el milagro de la adhesión inquebrantable. Sería la primera vez en que los españoles votarían con la mano en la cartera. Más discutible es la posibilidad de éxito de sus reformas políticas. Están llenas de sentido común. Para quienes creemos en la unidad y la fortaleza de España, no hay nada más sugestivo que embridar el tira y afloja de las autonomías, ni nada más positivo que terminar con la improvisación permanente ante la fuerza centrífuga de los nacionalismos. Pero la realidad -que algunos llaman «plurinacional»- de España no se resuelve con leyes ni actitudes puramente restrictivas. Eso lo intentó Aznar, y dio como fruto el crecimiento del independentismo, en forma de productos como el Plan Ibarretxe o Esquerra Republicana. La gran asignatura política pendiente no es forzar la contención de transferencias, que eso lo hace cualquiera, sino hacer atractiva la idea de España allí donde ahora es rechazada. Eso es hacer nación y fortalecer el Estado. Y eso es lo que todavía no entra en el modelo conservador que se ofrece a este país.