DESDE LA CORTE
El caso de los ministros extremos
LE PREGUNTARON a Eduardo Zaplana («el brazo incorrupto del PP», como le llama un libro de actualidad) su opinión sobre Pedro Solbes. A Zaplana seguramente le apetecía dedicar un merecido piropo al ministro de Economía, pero se lo impide su religión política. En el estilo que se lleva en España, no queda bien que el portavoz parlamentario de la oposición ande por ahí diciendo cosas buenas de un miembro del gobierno. Y menos, si son ciertas. Así que don Eduardo echó mano de su ingenio y respondió algo parecido a esto: «si se le compara (a Solbes) con Magdalena Álvarez, es un genio». La frase sitúa la geografía del gobierno entre dos cabos: el cabo del deseo y el cabo del denuesto. El deseo está representado por un ministro cuya continuidad es celebrada por la inmensa mayoría. El denuesto, por una ministra cuya continuidad es garantizada por una inmensa minoría de siglas, entre las que figura el BNG, como si Galicia tuviera mucho que agradecer a la señora Álvarez. Y a ambos ministros los une el deseo o la necesidad política del señor presidente, que hoy determinan la situación e incluso la voluntad de las personas. Digo esto, porque el señor Solbes, cuando le preguntaron por sus condiciones para seguir después de marzo, respondió que al presidente «no se le ponen condiciones». Y la señora Alvarez, cuando habla de su futuro, se remite a lo que decida el presidente. Es una renuncia expresa a ejercer su voluntad. Puede ser vilipendiada en el Parlamento catalán, verse humillada en el Congreso, escuchar un clamor -justo o injusto, esos calificativos no existen en política-que reclama su dimisión, y ella continúa en su puesto. Todo, porque el presidente se lo pide. Estos son los toques de culto a la personalidad que le faltaban a Zapatero. Todo el gancho electoral de su partido se centra en la Zeta inicial de su apellido, y ahora todo lo que ocurre depende de su decisión personal. Nadie le contradice, ni le lleva la contraria. Consigue de Solbes el milagro de que siga en Economía, y fuerza a Álvarez a seguir en Fomento, para que no le abra una crisis de incompetencia. Así manda ese político que al principio dibujaban como «bambi» y después parecía «el hombre que no sabe decir no». Ya, ya: él es quien nunca recibe un no. En el caso de los ministros extremos, Solbes le presta fama de solvencia, palabra que habrá que empezar a escribir con be. Álvarez le transfiere descrédito. Solbes tiene un importante valor electoral. Álvarez aporta desgaste. Solbes es el respeto. Álvarez es el abucheo. Y, manejando sus marionetas, un Zapatero que por ahora sólo envió una señal: no deja marchar a nadie antes de marzo; pero el domingo sólo a Solbes le pidió que se quedara después.