Diario de León
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LUIS HERRERO RUBINAT
León

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SIN SALIRSE del guión preestablecido, ni un pelo. Para dejar las cosas como estaban, o peor. Perdiendo una oportunidad histórica en un contexto político único. Dejando pelos en la gatera y gatos escaldados. Para mayor gloria de unos pocos políticos, aumentando más aún el abismo entre su modo de actuar y las sensibilidades de los ciudadanos. En resumen, Castilla y León ya tienen aprobada la reforma de su estatuto. Quien buscara emoción o esperanza en la tramitación de la reforma del estatuto de autonomía de Castilla y León, se habrá visto decepcionado. Ni un mal guiño se incluyó en el texto hacia las aspiraciones leonesas. El guión diseñado por Herrera y Villalba, ratificado posteriormente en la entrevista que mantuvo aquél con Zapatero, se cumplió al milímetro. Ni siquiera la propinilla de incluir el concepto etéreo de birregionalidad tuvo cabida en el estatuto resultante. El objetivo fue no quebrar el sosiego ni romper la armonía idílica ni que empañara lo más mínimo la pieza melódica que ejecutaron de la mano los dos presidentes en su representación palaciega; representación sobre un fondo bucólico de hojarascas otoñales pero basada en el inmovilismo, tan frío y previsible como las primeras heladas montañesas. Todo por los ciudadanos parece ser el lema, remedo del que pintan las fachadas de algunos cuarteles, para celebrar la reforma. Pero no es verdad, esto es una farsa casi tan grande como la extensión de la propia autonomía. Las cosas van a seguir igual, o peor. Ni León gana con el nuevo estatuto, ni los leoneses tienen motivos para la celebración. Todo lo contrario; es más de lo mismo. La vida de los ciudadanos no va a mejorar ni el poder autonómico va a ser menor, a favor de las administraciones más cercanas a los leoneses como son los ayuntamientos y la diputación. La Junta, por el contrario, sí que asume nuevas competencias, sale reforzada en poder. León se queda como está. Algunos pensaron que con Zapatero en La Moncloa y con algún pacto timbrado por los socialistas se abriría una puerta a la esperanza. Que se aprovecharía la reforma del estatuto para que las cosas comenzaran a cambiar, para que un león rampante asomara la cabeza en la España autonómica. La sura «realidaz», con zeta, es que se ha desaprovechado este contexto político y que cualquier aspiración de cambio se ha demostrado pura ingenuidad. Un estatuto de autonomía es una ley orgánica, y una ley orgánica se reforma con otra ley orgánica posterior. Un presidente del gobierno leonés, con un fuerte respaldo parlamentario, capaz de alcanzar acuerdos para aprobar leyes audaces y novedosas, ni siquiera ha parpadeado para dejar las cosas como están en León. Para subir a la tribuna del Senado, cual obispo en su púlpito pertrechado de un hisopo, a bendecir y autocomplacerse de lo bien que va la autonomía de Castilla y León. El BOE cuando publique la reforma estatutaria recogerá la firma presidencial, para la posteridad. En estos últimos días también hay quien se ha dejado pelos en la gatera y algunos gatos han resultado escaldados. Estos aspectos merecerían una reflexión aparte que, seguramente, pondría nervioso a más de uno apegado a su situación acomodaticia. Baste decir, por ahora, que hay quien tendrá que reinventar acuerdos, rebuscar justificaciones, redefinir discursos y, ya se verá si también replantear militancias. No vale suspirar por lo que debería haber sido, sino responder de la actitud que fue, de la que adoptaron cada uno de los partidos mayoritarios en la reforma estatutaria. En román paladino, cada palo va a tener que aguantar su propia vela. Pero lo que sin duda más ha destacado en el proceso estatutario ha sido la indiferencia de los ciudadanos. Cuando lo más socorrido y repetido de las intervenciones fue apelar a los anhelos, aspiraciones y deseos de los «castellanos y leoneses» (sic), la realidad es que la ciudadanía ni pidió la reforma, ni la esperaba ni se enteró de su tramitación. Que se sepa nadie ha percibido el júbilo de los ciudadanos, ni de León ni de ninguna otra provincia, porque la Junta vaya a gestionar a partir de la reforma estatutaria, por ejemplo, la Cuenca del Duero. Un periódico ¡de Valladolid! coincidiendo con la aprobación definitiva por el Senado, destacaba que el 98% de los ciudadanos desconocían el contenido de la reforma. Quizá por ello, al día siguiente, Juan Vicente Herrera ordenaba la difusión del nuevo estatuto entre los ciudadanos para «crear conciencia de comunidad», en palabras del portavoz de la propia Junta. Si la autonomía de Castilla y León va a cumplir veinticinco años y el gobierno autonómico reconoce que no existe conciencia regional, por lo menos se está reconociendo que los leoneses y los castellanos llevamos padeciendo este marco autonómico bajo una premisa singular: «veinticinco años sin conciencia». Una vez más en materia autonómica se ha puesto de manifiesto el abismo que existe, no sólo en León pero fundamentalmente en León, entre la clase política, el despliegue mediático, las iniciativas de las instituciones y las preocupaciones de los ciudadanos. Mucho fuego de artificio por un lado, e indiferencia absoluta por el otro. La calle y los despachos, la sociedad y la política caminan en direcciones opuestas. Habemus estatuto, aunque en el mejor de los casos no sepamos para qué sirve esta última y precipitada reforma. Sí nos queda constancia actualizada de quiénes defienden las posiciones castellanistas, quiénes las leonesistas y quiénes, acompañados por sus complacientes e incondicionales monaguillos, pretenden estar al mismo tiempo repicando las campanas castellanas de Castilla y en las procesiones-manifestaciones leonesistas de León. El sentimiento de los leoneses siempre ha sido objeto manido de mercadeo electoral.

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