Diario de León

TRIBUNA

Gamoneda y la autonomía de la obra

Publicado por
M.ª DOLORES ROJO LÓPEZ
León

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CLAUSURADO el 2º Congreso Internacional de Literatura Leonesa Actual y con las sensaciones aún de sus exitosos discursos poco más cabría decir sobre las relaciones, conexiones, semejanzas y encuentros de la obra de Gamoneda con otros autores y corrientes de todo tiempo. El amplio y fructífero análisis sobre la intensidad de su escritura, su capacidad de diálogo con la vida o el pulso poético de los temas nucleares de su producción: la vida, la muerte, el silencio, las ruinas, el frío¿y tantos otros, han puesto palabras a pensamientos y emociones de todos al leer a este poeta comprometido con su memoria. Sin embargo, al final del vasto recorrido ofrecido por la excelsa crítica literaria de los ponentes se nos plantea la evidente adquisición de una peculiar autonomía de la obra al salir del autor para ser de todos. La crítica literaria matiza contrastes, estira los sentidos de lo escrito, coaliga autores y épocas, disecciona poemas y fragmentos, reinventa intenciones y enlaza sentimientos. Posiblemente, uno se plantea si cuando escucha el autor todo este cúmulo de lazos literarios estará gratamente sorprendido por lo dilatado de su discurso poético o si por el contrario fiel a su intención no pasa de reconocer que la verdadera conexión de su mensaje con aquellos otros que le preceden o le sucederán (de hecho se aludió a jóvenes poetas leoneses con tintes gamonedianos), está en la universalidad de los corrosivos y carroñeros fantasmas que de una forma u otra se repiten en el tiempo para la mayoría de los mortales. La palabra esculpida en mil formas diferentes cincela con las aristas de cada alma la dura realidad que a cada uno nos toca vivir. Esa es la grandeza de la poesía. La auténtica conexión está, pues, en la coincidencia del pálpito de su vida con los abismos de muchos. La autonomía de lo producido se manifiesta con vivacidad ante él mismo, de esta forma Lawrence Breysse-Chanet aludió a lo que el propio autor refiere: «Mis palabras dicen lo que yo no sabía», aventura verbal que le sorprende y le deja indefenso ante el poder creador de su memoria de sensaciones o su presencia de recuerdos. Y es que por ello su obra se universaliza permitiendo que el elitismo del que goza la poesía en cuanto a sus lectores se desdibuje, se perfile delimitado y logre calar en cualquier conciencia que se acerque a la obra con la serenidad de encontrar lo humano como fundamento y justificación de cada verso. De ahí que la obra de Gamoneda no deje indiferente a nadie. Se puede entender o no, podemos sentir incertidumbre, pero no hermetismo ni conclusión como muy bien aludió Túa Blesa al definirla. Podemos vibrar con su lectura o replegarnos en la incomprensión de los hilos que conducen su palabra pero de un modo u otro es difícil no sentir nada en la toma de contacto no sólo con su producción literaria, sino incluso con su persona. No nos deja indiferentes. Comunica sin palabras. La vida se manifiesta caprichosa y desconcertante, siempre. Cómo imaginar de niño, cuando su mirada sacudida por el frío de los barrotes de aquella ventana de su vivienda en el crucero acompañaba la cuerda de presos dirigidos hacia la muerte previa estancia en San Marcos, iba a producirse un encuentro con su historia tan emotivo y fructífero, precisamente en el mismo lugar que su memoria ligaba a la desolación y el límite de la vida. Permanencia del dúctil espacio que como la misma vida nos deja esperanza ante el cambio. Si Gamoneda puede reescribir su obra o parte de ella es precisamente porque es autónoma con respecto incluso de sí mismo. Ha salido de él para ser de los ojos que lo leen e incluso para ser revivida de forma diferente por su propia retina. Y es ese continuo devenir de la existencia el que permite cabalgar sobre las ruinas y alzarnos con las pequeñas victorias que nos permiten continuar en ella. De otra forma no podría entenderse. Ni siquiera el propio autor podría tocar una sola letra de lo que nació en un momento concreto de sensaciones y emociones solamente posibles en él. Reescribir sería quimérico sin esta emancipación de lo escrito. No tendría sentido por cuanto que la memoria puede reparar pero no transformar lo sucedido. Carmen Palomo aludió a la tarea de recuperación de poemas que revisan la memoria y cuestionan severamente la propiedad de la palabra en un acto subversivo provisto con una singular fuerza afirmativa aunque se vista con la negación y la tachadura. Se trata de una metamorfosis en la cual los poemas se hacen porosos ante el recuerdo, siempre más benévolo que la vivencia inmediata. Resumió con una bellísima frase el sentido de este regreso sobre sus propios pasos: «Es como si el caminante llevase consigo el camino; no lo recorre, sino que lo recolecta». Todo es cambiante y frágil; la propia palabra lo es. De aquello que sirvió para expresar el brutal sentimiento de un momento puede retomar su sustancia presente y convertirla en masa de un nuevo horneado, dentro siempre de la propia voluntad íntima. Posibilidad gratísima que nos ofrece el destino a los coetáneos del autor por vivir este aún, consiguiendo hacer de lo poético la morada de su verdad permanente, continua e imperecedera. No cabe duda que este Congreso, en su segunda edición, ha logrado remover, una vez más, esa dimensión íntima de los que estamos sensibilizados ante la palabra y el arte por confiar en su capacidad para alentar la posibilidad de lograr un mundo mejor desde la construcción de invisibles pilares de sólida fuerza aunando esfuerzos ante la voluntad de progreso. La cultura debe dejar de ser un concepto genérico y devorador de propósitos únicamente esbozados en programas políticos para pasar a ser el núcleo fundamental de la acción. Y eso es lo que ha logrado, de nuevo, el Diario de León, los patrocinadores y todos aquellos encargados de su organización y puesta en marcha. No hay otro modo más honesto y efectivo de crecer que haciendo realidad compromisos con lo íntimo, apostando por dilatar el estrecho mundo de las élites eruditas a todo el pueblo, dejando que el fluir del pulso cultural, de la palabra y la escritura lleguen a todos como lo ha hecho esta convocatoria gratuita y masiva. No deja de tener importancia, aunque lo refiramos en último término por no querer concederle mayor protagonismo del que merece frente a la trascendencia del evento en sí mismo, la presencia en la apertura y la clausura de dos min istros del gobierno actual. Más que por los protocolarios ritos de aderezo político por lo que significa de conocimiento e implicación de los que tienen en sus manos la posibilidad de crecimiento cultural y formativo de la sociedad. León ha comenzado a despegar, hace ya algún tiempo, del rasero del mutismo y la insignificancia a la que está sometida en la cruda geografía castellana. Son iniciativas como ésta que nos ocupa las que pueden concederle el lugar que se merece no sólo en el mundo de las letras, sino en el del protagonismo que le corresponde reescribiendo, de forma gamonediana, los hitos de su historia. No en el empeño de resucitar viejas glorias ya pasadas, sino en la plena y convencida decisión de tomar conciencia de lo que fuimos para sentirnos fuertes ante lo somos y seremos. Cuando el futuro revise la historia no dejará de ser un orgullo merecido que el Diario de León sea reconocido en su labor difusiva con algo más que con la intención de informar a través de una decidida apuesta por el sentido íntimo de lo propio leonés ofrecida a todos y cada uno de los que nos sentimos, dentro de sus límites geográficos o fuera de ellos por circunstancias, como tales. Es un agradecimiento en el cual incluso palabras se vuelven emoción contenida y abrazo colectivo a todos sus responsables.

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