DESDE LA CORTE
¿Echarán los precios a Zapatero?
LO MÁS importante que ha ocurrido ayer ha sido la confirmación de la fiebre inflacionista que sufre este país. Aunque toda la Unión Europea padece el mismo mal, España es la nación que ofrece los peores datos, con un punto de diferencia sobre la media de la zona euro. Lo más inquietante de la estadística es que afecta a todos los ciudadanos, porque el crecimiento de los precios se ha registrado en productos de primera necesidad. Las causas aducidas -precio del petróleo y de las materias primas- son coherentes, pero lo que nadie consigue explicar es por qué repercuten más en España que en el resto de los países de nuestro entorno, con parecidos recursos y necesidades. Pero no quiero ni sé hacer un análisis económico. Lo que interesa a esta crónica es que los datos de ayer vienen a aumentar el pesimismo instalado en la sociedad después de que terminó la alegría del dinero barato. Son la confirmación de los augurios de quienes hasta ahora habían exagerado los indicios más negativos por razones políticas. Aunque no se pueda anotar como cierta la palabra crisis, el ciudadano encuentra mayores dificultades para vivir. Si a ellas se añade el anuncio de pérdida de empleos en la construcción y el endeudamiento familiar, la percepción de futuro se convierte en un gran problema nacional. Y atención a la circunstancia política, porque eso se produce en un momento crucial: a menos de tres meses de las elecciones y cuando el alto porcentaje de ciudadanos indecisos medita a quién puede dar su voto. Después de la legislatura tensa que hemos pasado, quien no tenga claro a quien va a votar es muy probable que decida sobre estos datos y la situación psicológica que producen. Aumenta el número de quienes piensan que Zapatero se equivocó al no convocar elecciones en un periodo de mayor bonanza. La tranquilidad del presidente es que no todo está perdido. La última encuesta conocida, de Antena 3-Onda Cero, dice que casi la mitad de la población (el 47 por ciento) ve la economía peor que hace cuatro años; pero casi el mismo porcentaje (el 43) confía más en el PSOE que en el PP para gestionarla. Quiere decirse que el gobierno todavía no empezó a pagar el descontento, quizá por dos razones: o porque entiende que estamos ante un mal supranacional, que excede a las competencias de un país, o porque la oposición tampoco ha sido capaz de ofrecer una alternativa creíble. Sea lo que sea, la realidad es dura: las dificultades ya se notan en los bolsillos privados. No está claro que lleven al poder al PP, pero es seguro que no benefician a quien está en el gobierno. La continuidad de los gobiernos se decide desde la satisfacción. El relevo, desde las esperanzas truncadas y la decepción.