Diario de León
Publicado por
ROBERTO BLANCO VALDÉS
León

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ASÍ TITULÓ Ernesto Sabato la que es, quizá, la mejor de todas sus novelas. El gran escritor argentino describe en ella la historia de una saga familiar, los Vidal Olmos, lo que facilita la tentación de echar mano de ese título genial para describir con él la historia de otra familia o, mejor, de otra famiglia, que es el término que utilizan los mafiosos italianos para describir al grupo criminal que vive unido en torno a un capo: la famiglia etarra-batasuna. Es ese un grupo familiar -en el sentido mafioso del vocablo- que está compuesto por una reducida cúpula que manda (los capos de la banda terrorista) y un amplio grupo que obedece (todo el mundo batasuno) cuya autoridad ha procedido desde siempre del poder que le otorgan los de la goma dos y las pistolas. Por si existía al respecto alguna duda, la reciente sentencia de la Audiencia Nacional sobre el caso KAS y Ekin ha puesto las cosas en su sitio: ETA planifica y los demás ejecutan sus instrucciones bajo la amenaza de atenerse a las consecuencias si no obedecen a la autoridad competente... por supuesto militar. Con un esquema como ese, donde la jerarquía y la disciplina se mantienen a balazos si hace falta (recuérdese el caso de Yoyes, asesinada por ETA delante de su hijo cuando quiso dejar de ser «uno de los nuestros») resulta muy difícil ya no la disidencia, sino incluso la más mínima autonomía respecto del proyecto criminal de los etarras. Ayer publicaba este periódico una amplia crónica de Melchor Saiz-Pardo en la que se relataba el abandono en que se encuentra Arnaldo Otegi, preso desde junio por presunta pertenencia a ETA militar y dejado a su suerte (a su bien ganada mala suerte) por una organización que ya no le encuentra ninguna utilidad y cuyos actuales dirigentes incluso podrían estar frotándose las manos ante un encarcelamiento que les ha sacado de delante a un testigo molesto de los tiempos de aquello que incluso el Gobierno llamo paz. Es posible que Otegi creyera de verdad en la solución negociada con la que tantos estuvieron durante meses enredando. Y es posible que, como la dirección de ETA, se limitase a jugar al engaño de la paz para tratar de conseguir lo que los terroristas perseguían: su reconstrucción y su victoria. Pero, en cualquiera de esos casos, Otegi, que se vio a sí mismo durante mucho tiempo como un héroe, está hoy sepultado en una celda y, más pronto que tarde, pasará a la historia como lo que ha sido en realidad: el responsable de justificar que cientos de ciudadanos acabaran, bajo tierra, en una tumba. Que pague, por ello, con la cárcel, y que pase a la historia como el amigo legal de los pistoleros que ahora lo han abandonado constituye sólo un acto de justicia.

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