Diario de León
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FABIÁN ESTAPÉ
León

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TODOS los que conocimos y compartimos las dotes de gran fabulador de Ramón Carnicer, habrán recibido con aires de protesta la noticia de su fallecimiento. ¡Del gran e irrepetible Ramón Carnicer! Conste, en primer lugar que yo, uno de los grandes amigos que tuvo Ramón en Barcelona, habíamos cruzado ambos horóscopos aceptando la meta del centenario a la hora de dejar el que dicen es un valle de lágrimas: son hitos que no pienso compartir con el Académico de Ciencias Morales y Políticas, Rouco por mejor nombre el del cardenal Cañizares, que regenta Toledo y su comarca. Con Ramón, hace pocas semanas habíamos acordado lo siguiente: Recuerdan sus eminencias si cuando el tardofranquismo impulsó la asignatura obligatoria de «Formación del Espíritu Nacional» timoneada por el entonces director general de Universidades, Torcuato Fernández-Miranda, y creemos que aceptada sin homilías, pastorales o manifestaciones al estilo de las planificadas actualmente con el brío que ahora rechazan la asignatura Educación para la Ciudadanía; si la respuesta que ambos eminentísimos señores habían rumiado entonces en silencio, les comprendo en su actitud. Supo integrarse en la sociedad que le había acogido pero jamás dejó de ser un gran escritor leonés. Universitarios más receptores del acento berciano, me decían: es ahora cuando le brota Villafranca del Bierzo. Tuvo un sentido especialísimo por lo pequeño, lo ritual, los dejes de su pueblo de origen. A mí me corresponde hoy recordar una vez más que no había que dar la menor importancia a que en 2007 fuera ignorado de la extensa antología de escritores de Castilla y León. En esta pincelada dolorosamente final, quiero recordar a Ramón Carnicer, privado por la Guerra incivil, palabra que acuñó él mismo, de ser lo que había dado más fuste: la de catedrático de la Universidad: por los licores desparramándose las sentinas de la época, nosotros que teníamos una clara responsabilidad en los derroteros de la Universidad de Barcelona, crearon para Carnicer y sólo para él un Instituto de Estudios Modernos; allí conoció a Dorean MacDernoot, con la que contrajo matrimonio. Recuerdo aquella boda en una capilla rústica del Tibidabo. Es un recuerdo de todos los amigos de Ramón que un asno no invitado prorrumpió en un rebuzno, tal vez de circunstancia. Años después, con Ramón, amigo de Gabriel Ferrater y más aún de Gil de Biedma, seguimos cuidando de la Universidad. Y miren yo que me he ocupado durante bastantes años en desentrañar el devenir de una Universidad fundada por Alfonso V el Magnánimo de las Armas y de las Letras, nadie ha añadido tanto saber y tanto cariño como hizo mi Ramón en su Friso Menor: donde se describen y disecan testas solemnes; creo que sería útil para la Universidad que ha cumplido sus bodas de plata, recordar como hacía Ramón que muchas autoridades académicas no hacen sino jugar al juego de máscaras.

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