CON VIENTO FRESCO
Un año, dos aniversarios
RESULTAN más fáciles los balances del año transcurrido, como el que publicaba en esta columna la semana pasada, que no aventurarse a profetizar lo que ocurrirá en el que ahora comienza. Por lo que vislumbro, sin embargo, auguro un año aún más movido. Se anuncian reñidas elecciones generales, con encuestas que ofrecen, por ahora, un empate técnico entre los dos grandes partidos; una ilegal consulta del lendakari Ibarretxe para la autodeterminación del País Vasco; una crisis económica que se presagia dura por los datos poco halagüeños publicados estos días respecto al paro, el crecimiento económico y sobre todo la carestía de la vida. De todo hablaremos en su momento, pero hoy quisiera recordar que en 2008, por estas tierras, viviremos dos aniversarios que algunos celebraremos con entusiasmo. El primero nos lleva a 1808, a la Guerra de la Independencia. Aquella gesta ha de contemplarse desde varias perspectivas, pues al mismo tiempo fue una guerra y una revolución; también una guerra de independencia y una guerra civil. Su interés actual radica en que la nación española, concepto político que hunde en ella sus raíces, se levantó al mismo tiempo contra la tiranía del absolutismo monárquico y en defensa de su libertad como nación que, poco después, se materializaba en la Constitución de 1812. Han pasado doscientos años, pero ni la Guerra ni la Constitución son hechos pasados ni irrelevantes pues sus ideas están aún vigentes, aunque en peligro. Unos impugnan hoy la nación española, amenazando con romperla; entonces, sin diferencias territoriales, España mantuvo su unidad frente al invasor francés. Otros cuestionan los derechos individuales frente a presuntos derechos colectivos, que se quieren imponer con exigüas mayorías, sin consenso alguno. También León se vio sacudido por la guerra y la revolución. Ante el vacío de poder, se formó en el verano una Junta Provincial, que en septiembre secundó la creación de una Junta Central. En el invierno sus pueblos se vieron sacudidos por la guerra. Napoleón, que vino urgentemente a España tras el desastre de Bailén, avanza por la Meseta en persecución del general Moore hasta Astorga, ciudad que sufrirá, como Gerona y Zaragoza, un duro sitio al amparo de sus murallas. Luego por Foncebadón y Manzanal tropas inglesas, españolas y francesas entraron en el Bierzo saqueándolo a sangre y fuego. En los primeros días de enero de 1809 franceses e ingleses se enfrentaban a orillas del Cúa, en Cacabelos, donde moriría el general Colbert. En los pasados años tanto Astorga como Cacabelos recrearon estas gestas con espectáculos llenos de colorido, ruido y pólvora, y con una numerosa asistencia de público. Algunos preferirían pasar de puntillas por estas efemérides, pero han de recordarse porque son parte de nuestra historia como nación. El segundo aniversario recuerda cómo Ponferrada, en 1908, era distinguida por el rey Alfonso XIII con el título de ciudad. El hecho hay que relacionarlo con la proclamación, aquel año, de la Virgen de la Encina como patrona del Bierzo. Ponferrada era entonces una pequeña villa de poco más de 3.000 habitantes; faltaban diez años para que la MSP le diera el empuje que la convertiría en el núcleo polarizador de toda la comarca. Pero no quitemos protagonismo a los activos ponferradinos de la época, pues fueron ellos, los políticos, la sociedad civil y la Iglesia los que pusieron las bases de la prosperidad actual de sus 65.000 habitantes. La destrucción de buena parte de los edificios de la MSP en estos años ha sido una grave pérdida para la identidad de aquella Ponferrada industrial. Los actos que ha programado el ayuntamiento no lograrán recuperarlos pero al menos permitirán recrear y difundir la historia de esos cien años, que es nuestra historia. Cien años en los que los ponferradinos y bercianos, en sus alegrías y desgracias, fueron acompañados por la Virgen de la Encina que, por ese motivo, lo festejará con un año jubilar.