Diario de León

EL MIRADOR AQUÍ Y AHORA RAMÓN

La ciudadanía y la confianza Al infierno

Publicado por
VALENTÍ PUIG PEDRO CALVO HERNANDO
León

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AL VOTAR a una lista de candidatos al Congreso de los Diputados o al Senado estamos indicando también a quien querríamos en La Moncloa. Eso es lo que haremos día 9 de marzo. Por delante queda el enojoso expediente de la campaña electoral. Karl Rove, asesor de Bush júnior y ahora retirado de la política de primera fila, enumera varias nuevas reglas de la política: ya no funcionan los grandes impactos en el proceso electoral; la publicidad en televisión tampoco pesa tanto como antes; la tecnología permite que un candidato recaude fondos con mucha rapidez por Internet; los debates aún sirven para recuperar terreno. Al mismo tiempo, algunas viejas reglas continúan siendo válidas: no basta con atraer a un parte del partido; hay que adaptarse o perecer; tienes que ganar pronto en algún punto o estar en el pelotón de cabeza; entrar en liza tarde no ayuda; disponer de mucho dinero no sustituye la realidad del atractivo personal; las ideas todavía importan. No pocas de estas reglas pueden aplicarse al proceso electoral español, salvo aquellas que se refieren a financiación de la campaña. En general, todas tienen que ver con la confianza. Ese es el punto que en estos instantes inquieta más a los estrategas del PSOE. La confianza en la situación económica ha bajado muy significativamente y el terrorismo vuelve a ser una de las mayores preocupaciones de los españoles, después de que Zapatero hiciera concebir esperanzas sobre el final de ETA. Los datos más recientes del CIS son claros: el terrorismo y ETA en primer lugar como inquietud colectiva, después el paro y a continuación los problemas económicos precisamente cuando el discurso político de Zapatero ha venido consistiendo en edulcorar de formar extremada la situación de la economía española, minimizando las crisis y ofreciendo un futuro de esplendor sin matices. Pero la ciudadanía que tiene que votar en marzo percibe que la crisis es ya un hecho y ve el futuro con escaso optimismo: son síntomas de pérdida de confianza. Se diría que el Gobierno socialista no calculó el efecto que tendría su talante de indiferencia ante la crisis bursátil que arrancó con las hipotecas basura norteamericanas y acabó erosionando el Ibex. Tanta falta de reflejos extraña. El optimismo contumaz hubiese merecido alguna corrección. Al fin y al cabo, una de cada diez familias españolas ha confiado sus ahorros a la Bolsa. Esas familias han sufrido notables pérdidas con la crisis bursátil, unas pérdidas que algunos cálculos cifran en unos ocho mil euros. Desde luego, a los gobiernos les compite evitar el pánico en la medida de lo posible pero algo hay que decir y hacer cuando, como ocurre en España, más de 11 por ciento de familias son pequeños accionistas. Casi un nueve por ciento está en fondos de inversión. Hay que decir que no pocas de estas inversiones han sido propiciadas por la pérdida de confianza en el sistema de pensiones. En concreto, un veintinueve por ciento de familias españolas ha recurrido a un plan de pensiones -de uno u otro modo también vinculados a la marcha de la Bolsa-. Está en juego la confianza en la gestión del futuro de cada ciudadano más allá de las vicisitudes de la política. El ciudadano, efectivamente, podrá distanciarse de la política pero seguirá detectando como un barómetro la inseguridad, el paro, la falta de confianza en la economía y otros problemas sociales. Entre los rituales y los hechos, las crisis casi siempre obligan a confrontar lo real. Y eso ocurrirá, claro. LA IGLESIA jerárquica española culmina la legislatura, llena de intervenciones estentóreas, siempre en alianza con lo más rancio del PP, sector que es el que manda en el partido. La culmina con la faena más descarada y odiosa de las imaginables, por aquello de que la realidad supera siempre a la ficción. Van a irse de patitas al infierno, por su comportamiento inhumano y anticristiano y por el escándalo que entraña su hipócrita partidismo y su desprecio al conjunto de la sociedad española y, por supuesto, a un gran sector de la grey cristiana de creyentes, entre los que me cuento, y que no podemos ya decir que son nuestros pastores, porque no lo son. El amor al prójimo y la humildad son dos de las principales señas de identidad del cristianismo de Cristo, que nada tiene que ver con ese cristianismo que se han venido sacando de la manga, en coherencia con la peor historia de la Iglesia jerárquica, Inquisición y guerras de religión incluidas. Su último panfleto sobrepasa, como digo, todo lo imaginable y coloca a la mentira, la doblez, la hipocresía y el fanatismo en lo alto de su bandera. La reacción del Gobierno ha sido fuerte pero respetuosa con quienes al Gobierno no respetan, con lo que José Luis Rodríguez Zapatero les ha dado una buena lección de cristianismo. Ni siquiera les han preguntado por qué callan ante sucesos tan clamorosos y vergonzosos como el caso Leganés, el guateque o el arbitrario recurso contra la Ley de Igualdad, por poner sólo unos ejemplos de las atrocidades de su partido amigo y aliado. Se van a ir de patitas al averno, acompañados de toda la cúpula del PP, mientras que los cristianos rogaremos a Dios, desde el cielo, para que los perdone, pues eso es propio de los cristianos y de las buenas personas. El Gobierno se pasa de indulgente y ni siquiera los pone en su lugar y les retira todos los privilegios injustos con que los mantiene, empezando por los privilegios económicos, que todo el mundo sabe que no casan con la justicia ni tal vez con la Constitución. Que Dios les perdone, pido en un rasgo personal, a sabiendas de que muchos me van a llamar idiota.

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