CON VIENTO FRESCO
Los intereses transigen, las conciencias no
LAS DIFERENCIAS entre la Iglesia y los políticos son debidas a múltiples causas; una de ellas, que no se da por ejemplo en los países protestantes en los que, como herederos del arrianismo, no existe una clara diferencia entre Iglesia y Estado -véase Inglaterra-, es la colisión entre los ámbitos públicos y privados, porque unos y otra quieren ocupar espacios que consideran propios. La Iglesia Católica desde sus orígenes ha tenido clara la distinción entre ambos campos (lo de dar al César y a Dios lo que es de cada cual); pero la política, desde el Renacimiento, no sólo ocupa su campo propio sino que busca invadir el de la conciencia de los individuos; y por ahí no pasa la Iglesia. En el caso de España, aunque se me acuse de reduccionismo psicológico, creo que el choque, además, tiene que ver con la mala conciencia del nutrido grupo de excuras y exseminaristas que nutre las direcciones de los partidos. Primero fue el problema de la secularización, que causó verdaderos estragos en los sacerdotes y aún los causa entre los fieles. La teología de la muerte de Dios, de origen protestante (Bonhoeffer, Tillich, Bultmann), que llegó a España a finales de los sesenta de la mano de obras como la de Robinson Sincero para con Dios , provocó una verdadera desbandada en los seminarios y facultades de Teología. A muchos seminaristas y sacerdotes, cuya formación teológica dejaba mucho que desear, se les cayeron de repente todas las certezas de la fe y, desnudos de ideas o decepcionados se secularizaron, casaron y muchos encontraron en la política lo que abandonaban en los seminarios: certezas y formas de vida. La mayoría ha llevado con dignidad el nuevo estado, pero algunos buscan dirimir sus complejos con la Iglesia y los católicos. De ahí han pasado al laicismo y el anticlericalismo. La organización jerárquica de la Iglesia, con la división de clero (el que enseña) y laicos (los que aprenden), que dejaba a éstos como seres menores de edad y con una actitud pasiva, comienza a ser puesta en cuestión a partir del Renacimiento. La Ilustración dará alas al laicismo y las corrientes socialistas al anticlericalismo. El Vaticano II supuso una apertura de los laicos en el papel de la Iglesia, pero también una distinción más clara entre las esferas religiosa y política. La laicidad es un valor que pertenece al patrimonio de nuestra civilización; pero en ningún caso ha de confundirse con el laicismo, entendido como autonomía respecto a la ley moral. La Iglesia no busca inmiscuirse en la política ni en el gobierno, pero exige el respeto por parte del Estado a la conciencia y a las creencias de los cristianos. Algunos no aceptan esta independencia, que les corroe. En el relativismo de sus ideas y de sus conductas creen que todo es discutible. La Iglesia tiene intereses y los negocia, por ejemplo en educación, patrimonio, vida pública; pero no todo es negociable. No lo son los principios si atentan contra la conciencia. Esto es lo que no quieren reconocer los políticos, los de izquierdas y los de derechas. Si la Iglesia ha sobrevivido 2000 años es porque no ha olvidado esto. La historia de las órdenes religiosas lo demuestra. Sus momentos de decadencia no se superan con huidas hacia adelante sino volviendo a los orígenes, a la pureza de sus reglas primitivas. Todo el conflicto de estos días, además del aire electoral que lo alienta, tiene que ver con la incapacidad de esos políticos en no discernir que no todos se mueven por intereses, sino que hay principios que la Iglesia está obligada a defender, incluso, aunque aumente el anticlericalismo.