Diario de León
Publicado por
Mª Dolores Rojo López
León

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Siempre me he preguntado qué fuerza interior impulsa a los islamistas a inmolarse en nombre de su Dios convirtiéndose en sacrificio sagrado de una causa superior a su vida. Nadie tendríamos hoy un motivo tan paranoico para actuar de semejante forma. Pero estamos obligados a entender los entresijos de su mente si queremos adentrarnos en su mundo emocional para comprender lo que mueve a estos hombres y poder combatirlo. No se trata de un terrorismo ligado a estimaciones políticas solamente. Tampoco se trata de mercenarios a sueldo que responden a intereses económicos sin más. Sería más sencillo si sucediese así. El problema radica en la fuerza de los motivos espirituales que enlazan sus cuerpos a bombas suicidas con las que pretenden objetivos que se definen por la conquista de la unidad, la expansión y sobre todo la reconquista de lo que un día fue suyo. Reconquistar lo poseído imprime una sublima fuerza que de inmediato coloca a su voluntad frente a la muerte como única vía de reencuentro con la verdad que han de defender. Y esto sucede de igual forma entre los asesinos de género a quienes les cuesta muy poco arrancar la vida a sus víctimas e incluso la suya misma con tal de no ceder a otro la plaza que fue suya. Una irracional y visceral forma de actuar que impide e invalida cualquier reflexión que desmonte la barbarie. La particular cruzada que Al Qaeda mantiene con España responde a motivos de pasión histórica cuya pujanza somete fácilmente las voluntades de sus miembros. De otro signo, por tanto, mucho más preocupante son las actuaciones terroristas en nuestro país. La guerra santa, esa conjunción de vocablos tan ilógica como contradictoria ha llevado al desastre, la barbarie y la destrucción demasiadas veces a lo largo de la historia en nombre de diferentes creencias religiosas, abanderando con las armas lo que solamente puede ser conquistado por las ideas. De acuerdo con el Corán, la guerra santa debe ser en principio defensiva, pero sea así o no, la idea del combate en nombre de Dios y a favor de sus guerreros temporales investidos de un erróneo poder de expansión a golpe de violencia, no sólo afecta a pueblos de oriente y al mundo árabe, sino que debemos rescatar de la memoria histórica el impulso motivador que llevó a los nuestros a unas cruzadas de semejante condición. La presencia de los musulmanes en nuestros territorios, que llegó hasta el siglo XV, no justifica la vuelta a la vieja añoranza de lo perdido, pero sí permite que sus planteamientos bélicos terroristas coloquen un marco distinto a nuestros territorios y los coloreen con la aureola de la pertenencia legítima fundamentada en un pasado más novelesco que posible de restablecer. Lo que ante nuestros ojos se manifiesta como una leyenda nostálgica a la que se aferran desde su anacrónico fundamentalismo mediante la bandera del camino hacia la paz y la justicia en el mundo, como retorno al mensaje original de su fe como única posible, para ellos supone una escatológica promesa de libertad más allá de muerte. Y es esa fuerza inmensa de la creencia absoluta en la misión salvadora con su pueblo, en su destino de sumisos guerreros a favor de la reconquista, la que debe llevarnos a considerar este tipo de terrorismo como el más peligroso y definitivo por estar antes, el detonante de su pólvora, en el corazón que en su alterado discurso lógico. No hay impedimento para el imperturbable sentimiento de la fe, sea esta como sea y en lo que sea. No hay solución para el que ni siquiera respeta su propia vida ante la idea de un bien superior difícilmente comprensible desde nuestra mente occidental. La crueldad es extrema y asumible cuando se obvia la propia dignidad personal. En este sentido puede llegar a entenderse lo descarnado de sus planteamientos bajo la pretensión de causar las mayores víctimas posibles. El confidente que desató la operación de Barcelona hace escasos días refirió así, la intención de atacar el metro como lugar inaccesible para los servicios de urgencias. Nuestra tolerancia, la apertura de nuestro pueblo con su fe y la absoluta integración de sus ritos en nuestro espacio físico a través de la permanencia de sus mezquitas nos colocan hoy frente a la pregunta de si no habremos permitido específicos puntos de encuentro para la emergencia de sus legiones devastadoras. No es gratitud lo que se pide a este pueblo, sino coherencia y reconocimiento de nuestra deferencia con su cultura por sentirla enraizada en una historia de la que hoy somos resultado. Apelamos a la misma razón que ellos pero desde la convivencia pacífica para sintonizar con sus gentes y poder ejercitar la vida diaria sin violencia ni xenofobia. La mezquita Tariq Bin Ziyad, en El Raval, la zona más frecuentada por la comunidad paquistaní en esta ciudad de Barcelona, sirvió de apropiado escenario silencioso para las confidencias, siempre limitadas y pendientes de conclusión, del grupo suicida que pretendía atentar nuevamente en España. Mensajes entrecortados, decisiones desdibujadas y mandatos de un jefe siempre ausente pero dictatorial soberano absoluto se vieron rociadas de rezos que respetaron los turnos de obligado cumplimiento con la tradición religiosa que todo lo impregna. Que su mismo Dios, el nuestro o el que sea, nos libre de ellos antes de que en nuestros corazones comience a nacer un sentimiento de arrepentimiento del juicio benevolente hacia sus gentes. Porque es muy fácil caer en radicalismos injustos con la mayoría cuando nosotros o los nuestros pueden morir en cualquier momento a manos de unos pocos e iracundos iluminados por el proyecto único del cabeza pensante. A él se deberían dirigir todos los esfuerzos de represión. El resto son mercenarios de la plegaria sin conocimiento de causa con una obediencia ciega que les lle va a otro mundo sin saber por qué.

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