TRIBUNA
Al escritor Ramón Carnicer
pudiera ser el otoño del año 1930, en un viaje entre Madrid y Villafranca del Bierzo, el escritor Ramón Carnicer vislumbraba este paisaje: «Al pasar el tren por Arévalo, fervores y sentimientos se mezclaron ante un paisaje inaudito. En el atardecer, el sol enrojecía unas nubes inmensas por cuyos desgarrones asomaba un cielo verdeamarillo. La tierra se hundía lejana y dramática y en su inmensidad no se veían seres humanos. Entre el desamparo de aquella tierra y sus surcos vacíos y el dinamismo momentáneamente en suspenso de las nubes poderosas y libres sentí una acongojada solidaridad con España, un confuso anhelo de acción por ella y a la vez un vivo deseo de querer y ser querido». Este fragmento, sacado de su libro de memorias Friso menor me pareció realmente bello para el preludio de estas líneas. Aquí el autor expone sus sentimientos más íntimos y personales contados con sabia inspiración. Carnicer, viajero infatigable, observador de grandes y pequeñas cosas, nos traslada en su lectura a lugares desconocidos de la España profunda como en Donde las Hurdes se llaman Cabrera . El autor emprende camino y se mezcla como uno más de sus habitantes, vive de cerca las condiciones inhumanas de una tierra y de quien en ella habita, gentes olvidadas por los gobernantes de la época, demasiado ocupados, quizás, en recomponer el país del desastre dejado por una guerra civil no tan lejana. Tampoco el escritor lo tuvo fácil a la hora de publicarlo y dar a conocer esa porción de tierra mísera que representaba otras tantas tierras y gentes ignoradas de la península. Ramón Carnicer no hacía ostentación de su talento, ni había pretensión en su lectura de calidad, dando en toda su obra el sentido exacto a las palabras, añadiendo una soltura descriptiva alejada de tendencias confusas. No le interesaban demasiado los certámenes ni los premios literarios, aunque le habían concedido varios por Cuentos de ayer y de hoy y por la biografía Vida y obra de Pablo Piferrer. Entre sus libros de viajes no se puede pasar por alto su genial Gracia y desgracias de Castilla la Vieja que he leído varias veces y el gracejo y espontaneidad me siguen atrapando como la primera vez, semejante a leer las bellezas de El Quijote , en cada página prevalece el entusiasmo y el buen hacer. En su estancia en Nueva York, donde ejerció como profesor de universidad, se percata de la realidad (no desde la perspectiva de quien va a pasar unos días, sino de quien vive y desarrolla una actividad profesional en la gran manzana) y lo explica con ironía y objetividad en Nueva York, el nivel de vida, nivel de muerte . Una de sus últimas publicaciones, Viaje a los enclaves españoles , es una obra de estudio geográfico, histórico y político de incalculable valor, realizada dentro de una exigente documentación. Son algunos títulos, por citar sólo unos pocos de los que componen su obra. Cuando conocemos las cosas aprendemos a quererlas. Los que tuvimos la suerte de leer a Carnicer aprendimos de un estudioso del lenguaje y nos enseñó algo más de la historia de este país, hasta puede que empezáramos a estimarlo. Al escribir estas líneas me vienen a la memoria recuerdos de infancia. Tendría unos diez años cuando conocí el Bierzo. En aquella tierra de maravillosos contrastes con cercanas montañas acunadas por verdes bosques y valles me parecía estar en el paraíso, quizá porque los desabrigados páramos de donde procedo carecen de tan benévola naturaleza. Años más tarde quise revivir bonitos recuerdos de niñez y con ese mismo paisaje obsequiar al amigo escritor con algunas fotografías de su bonita villa: el monasterio de San Nicolás, la colegiata y varias más que no recuerdo. Agradecido como era, apreció mi pequeño detalle y estaba contento al ver de nuevo su querida tierra. Según me dijo, hacía algún tiempo que no iba por allí y creo que no debió volver porque sus ojos estaban cada vez más cansados, como revelaban esas cartas que siempre tuvo la gentileza de contestar casi al momento de recibirlas. Así era él, un amable y gentil caballero de trato impecable, con una dignidad que conservó hasta el final... Hace unos días pude ojear los muchos artículos (demasiados para leer en una tarde) que escritores y amigos les han dedicado. Cuando tuve la intención de aportar unas letras, le pregunté a su esposa qué le hubiera gustado que escribiera sobre él mi modesta pluma. Ella, mirando todos aquellos recortes, dijo algo así como ¿queda algo por decir? Tenía razón Doirean. Son muchos los que han destacado rasgos humanos y la calidad de su obra, a la cual se refiere Trapiello «como de una ejemplar modestia cervantina», y ante tantas muestras de afecto llego a la reflexión de que hay unos pocos seres como Carnicer que despiertan en nosotros una fusión de sentimientos y nostalgia, a la vez que una mayor afición por la lectura. En los próximos días se va a tener ocasión de poder asistir al homenaje que le harán en Villafranca del Bierzo y en Ponferrada. Nos dejó el pasado 29 de diciembre este gran escritor de distintos géneros literarios, prestigioso del habla y de la escritura. Se despidió en silencio, discretamente, llevándose un pedazo de la historia de este país. Todos los que hemos sentido su pérdida y hemos apreciado su obra esperamos se le reconozca una vida dedicada a la literatura y al estudio y enseñanza de la lengua castellana.