León

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LA SEMANA Santa siempre nos deja una polémica periodística, y este año no ha sido una excepción. El arzobispo de Pamplona, en su alocución en Valladolid durante el Sermón de las Siete Palabras, aseguró que la muerte de Cristo «fue digna y sin cuidados paliativos», afirmación que ha sido interpretada en algunos sectores como una crítica indirecta hacia la eutanasia. Me gusta ser prudente al valorar estas controversias, pues la experiencia profesional me dice que suelen generarse a partir de una frase descontextualizada, cuando no tergiversada, aunque su referencia a los «sabios falsos y pretenciosos» que defienden el laicismo fue, sin más, arbitraria. El problema del dolor, físico o espiritual, es consustancial a la condición humana, como lo es la búsqueda de remedios para evitarlo. A mi entender, Cristo y su mensaje son los dignos, no su brutal forma de morir, independientemente de que a través de la misma se liberase un trascendente mensaje de redención, los misteriosos engranajes de un extraordinario plan de amor. ¿Quién de nosotros no hubiera querido aliviar al crucificado? Doy por hecho que Sebastián no pretendió ensalzar el sufrimiento en sí mismo, pero comprendo que en los hospitales su reflexión haya irritado. Numerosas personas dedican sus vidas a combatir el dolor de los demás; entre ellas, no pocos sacerdotes y monjas . A todos nos resulta fácil aceptar nuestras heridas una vez han cicatrizado, pero mientras sangran ¿por qué no aliviarlas?. «El hombre tiene lugares en su corazón que todavía no existen, y para que puedan existir entra en ellos el dolor», escribió Léon Bloy desde su catolicismo apasionado, y es cierto, pero tampoco debemos subestimar las lecciones de la felicidad, complementarias de esas otras que habitan en su reverso.

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