Diario de León

EN POCAS PALABRAS LETRA PEQUEÑA

La mala educación Guerras de familia

Publicado por
PEDRO VILLALAR
León

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PODÍA entenderse la rivalidad entre Esperanza Aguirre y Ruiz-Gallardón por la sucesión de Rajoy mientras estuvo tácitamente abierta la carrera sucesoria informal, en las nerviosas vísperas del 9-M. Pero la salomónica decisión del debilitado líder, que se negó a llevar a ambos al Congreso, las turbulencias suscitadas en el PP por aquella descomunal batalla y la decisión de Rajoy de continuar al timón de la nave deberían haber disuadido a ambos de seguir guerreando en una lid que terminará descabalgando a los dos de sus monturas. Sin embargo, la guerra de familia continúa: una vez presentado por Gallardón su proyecto estrella para Madrid, el eje Prado-Recoletos, aprobado unánimemente por el consistorio y a cuyo buen fin supeditó su futuro político, las huestes de Aguirre se han apresurado a recordar al alcalde quién manda y a llenar de objeciones la propuesta. Evidentemente, es poco relevante humana y políticamente que la presidenta de la comunidad y el alcalde de Madrid se destripen impúdicamente en público hasta desangrarse; lo grave es que ambos están jugando con la ciudadanía madrileña. Y esto es intolerable. ES REAL, no se trata de una película de Almodóvar: la Audiencia de Sevilla ha condenado a la madre de un adolescente que propinó una brutal paliza a un compañero a pagar 14.000 euros a la víctima para la reconstrucción de la boca, en la que quedaron rotos varios dientes, al considerar que ella había educado mal a su hijo. Los jueces consideran que la permisividad excesiva conduce a los hijos a la agresividad. Y esta opinión ha recibido el refrendo de los expertos: Según un estudio realizado por el equipo que dirige el catedrático de Sociología Javier Elzo, el 42% de los padres forma parte de lo que él llama familias nominales, o lo que es lo mismo, núcleos familiares permisivos, donde no hay reglas ni límites, porque lo que importa es que no haya conflictos. En estos núcleos, los niños crecen sin escuchar la palabra «no», lo que se traduce en un hacer lo que siempre quieren, en unos niños mimados y consentidos. El problema viene cuando crecen.

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