AL TRASLUZ
Por majestad
SI HICIÉRAMOS una encuesta sobre quiénes son los personajes que protagonizan nuestro callejero constataríamos que los homenajeados, sean personas o acontecimientos históricos han terminado diluyéndose en sí mismos, convertidos en dirección, en placa. Conocemos el nombre, sabemos ir, pero ¿cuántos leoneses podrán redactar hoy una cuartilla sobre Castaño, Roa de la Vega, Juan del Enzina, Torbado, Lucas de Tuy¿? Sin embargo, que sus nombres estén ahí tiene un significado mucho más profundo aún que nuestra propia desidia. El Ayuntamiento de León baraja cambiar de nombre al estadio Amilibia, medida que a mí me parece desafortunada, pero tampoco creo que se trate de revanchismo, sino de esa insensibilidad que parece impregnar todo lo relacionado con la política, sin que ningún partido se libre, aunque siempre haya personas concretas que tratan de seguir actuando de acuerdo a ciertas reglas de majestad, incluso cuando no las tienen con uno. Y por dicha majestad, el nombre no debería cambiarse. Para empezar, por respeto al anterior alcalde. No cabe argumentar qué hubieran hecho fulano o mengano en caso contrario, pues quien gobierna ha de ir un paso más allá en el arte de la ejemplaridad. Las generaciones venideras que hagan lo que consideren oportuno, ahora, creo yo, no toca. Antonio Amilibia estaba considerado uno de los hombres más buenos del León de su tiempo; y debió de serlo, pues es infrecuente que la bondad sea reconocida. ¿Tan difícil nos resulta renunciar a herir? No se está ante problema prioritario, ni parece muy leonesista cambiar denominaciones ya asentadas. La Puentecilla era un nombre llamativo; el actual, también: ¿Reino de León¿ todavía más? Puede, pero ahora no toca, al menos, no así. Por decoro, majestad y respeto a un ex rival.