EL MIRADOR
La renovación del PP
ALGÚN observador ha señalado que el resultado obtenido por el PP el 9-M induce un peligroso bloqueo: la «dulce derrota», que por experiencia termina siendo siempre amarga, cosechada por Rajoy, la segunda en su ejecutoria, ha sido relativamente leve y no justifica la dimisión precipitada e irrevocable que resulta obligada tras las hecatombes (el caso de Almunia en el 2000 o el de Llamazares ahora, pongamos por caso), por lo que el candidato derrotado se siente legitimado para continuar y se impide así la renovación interna. De momento, y en vísperas del congreso de junio, Rajoy conserva el poder, consolidado por el apoyo explícito de todos sus «barones» territoriales con mando en plaza, que son los realmente influyentes, con la única excepción de la madrileña Aguirre, que aboga por una «renovación ideológica» que enmarca su propia y legítima ambición personal. De entrada, hay que poner en duda la entidad del debate de ideas que tal irrupción sugiere. Aguirre, que se define «liberal» por oposición al estatalismo, clericalismo y corporativismo de Rajoy, tiene una credibilidad limitada en aquel territorio ideológico: ha ampliado en Madrid los márgenes de la iniciativa privada incluso en la prestación de los grandes servicios públicos como la sanidad y la educación y ha reducido el espacio público incluso fiscalmente pero, por contra, ha hecho de Telemadrid un instrumento de publicidad y propaganda sesgado y sectario. Así las cosas, la «renovación» que podría introducir Aguirre resulta francamente dudosa. Y en el estricto plano biológico, Aguirre es mayor que Rajoy e incluso que el propio Aznar, por lo que la «renovación generacional» seguiría estando pendiente: en el mejor de los casos, la presidenta de Madrid llegaría al poder a los 60 años. Tarde según los baremos españoles: González fue presidente a los 40 años; Aznar, a los 43, y Zapatero, también a los 43. Todo indica, en fin, que tanto si se presenta Aguirre como si no, Rajoy será reelegido por aclamación en el congreso de Valencia. En parte, qué duda cabe, por sus propios méritos, y en parte también porque no se han puesto las bases para un congreso realmente abierto como el socialista del 2000. La exigencia de 600 firmas (el 20% de los compromisarios) y la previa descalificación abrupta de cualquier disidencia hace prácticamente imposible que algún grupo de jóvenes pruebe fortuna. Pero al contrario de lo que sucedería si ganase el Congreso un candidato renovado -un Zapatero, para entendernos-, la estabilidad de Rajoy al frente del PP no estará ni mucho menos asegurada. La ratificación del liderazgo sin competencia no aportará mayores dosis de legitimidad al personaje. A un personaje que tendrá que pasar varios exámenes a lo largo del cuatrienio. Como es sabido, le aguardan las elecciones vascas, gallegas, catalanas, europeas y municipales y autonómicas... Así las cosas, los presagios son oscuros: es improbable que Rajoy llegue indemne a las elecciones del 2012 -que se celebrarán, además, previsiblemente, cuando la economía haya vuelto a despegar con ímpetu-, por lo que podría ser que, bien en el Congreso popular del 2010 o en otro anticipado, haya que promover ya inexorablemente la renovación generacional.