CONTRACORRIENTE
Toma el dinero y corre
SE HA hablado mucho estas dos semanas en tertulias y medios de prensa del paso de dos pesos pesados del Gobierno y la oposición al sector privado, en un caso nada menos que de un secretario de Estado y ex asesor económico del Presidente (el Sr. Taguas, del que presumimos un patrimonio que no hará «aguas» por ningún lado), y en el otro del popular y atezado señor Zaplana, al que Telefónica ha incorporado a su plantilla con un contrato de estrella de la NBA. Sobre la intención del primero, que pasaría a comandar el Seopan, a lo que parece una de esas sociedades todopoderosas que representa al lobby de las empresas de construcción del país, nuestro presidente ha manifestado sentirse «desagradablemente sorprendido» (nos parece bien lo de desagradable, nos inquieta un poco más lo de la sorpresa), mientas que sobre el segundo, el líder de la oposición no parece haber dicho nada. Los tertulianos y periodistas del país, como decíamos, se han enzarzado a discutir sobre la conveniencia o desfachatez de tales decisiones, habiendo posiciones que defendían el derecho democrático de cada cual a elegir el rumbo de su trayectoria profesional al margen del mundillo político. Faltaría más, desde luego, que no pudiese un ciudadano español probar fortuna en caladeros distintos a los de la siempre impredecible política, pero es que aquí estamos hablando de otra cosa, concretamente del contenido de las nuevas ocupaciones de estos prohombres. Sin restar méritos a su currículo, todo parece apuntar a que, de no ser por los privilegiado s trabajos que venían desempeñando -que no olvidemos eran de carácter público- difícilmente hubieran podido acceder a tan suculentos fichajes. Desde luego, usted, querido lector, contaría con pocas posibilidades. Y ahí está el quid de la cuestión, que no se pone en duda la legalidad de sus decisiones, pero que en un mundo como éste, donde el candor pasó a mejor vida hace siglos, a la gente de a pie le viene a la mente la idea del más sospechoso oportunismo. Lo que bulle de fondo es la sustancia de la democracia y el papel que se supone desempeñan los eximios representantes de la misma. Porque, dirimido el tema de las incompatibilidades, de lo que se trata es de saber a quién votamos y en quién depositamos nuestra confianza; o expresado de otra forma, hasta qué punto, en un sentido moral o deontológico, es correcto que saquen rédito a su contacto con el poder. Se dirá que es inherente a la condición humana y que ellos no van a diferir del resto de los mortales, pero aunque suene tonto, a uno le gustaría pensar que quien se dedica a servir a la sociedad desde un cargo público debería ser siempre un referente modélico. Lo que prolifera, sin embargo, es otra sensación y la imagen que acaban dando algunos políticos -incluso locales- es la de tipos con pocos escrúpulos, ebrios de soberbia y egotismo incomparable. Gente que domina el cotarro mediático con cintura de espadachín y que a la primera de cambio -en cuanto se habitúan a los agasajos y las medallas- se olvidan de aquella ilustre función que postulaban los primeros demócratas: servir al pueblo con rectitud y retirarse, cuando llegue el caso, con humildad y elegancia.