Diario de León

HISTORIAS DEL REINO

La esmeralda y el fuego

Publicado por
MARGARITA TORRES
León

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HERNÁN CORTÉS, allá por el año 1521, confió los tesoros aztecas de Moctezuma a uno de sus capitanes más fieles: Antonio de Quiñones, de origen leonés. Portaba una muy sencilla misión: llegar vivo a la Península Ibérica y entregar estas joyas reales en las manos de Carlos V. Esmeraldas, vajillas de oro y de plata, sortijas, zarcillos, estatuas de los dioses aztecas, máscaras de piedra fina y rico metal se almacenaron en las panzas de los barcos que habían de transportar estas riquezas hasta el corazón del imperio de los Austrias. Y allá que se lanzaron al mar Océano hasta arribar a las Azores. Pero los hombres son hombres, y por eso lo primero que buscaron los conquistadores fueron los burdeles. Enzarzados en combates de entrepierna, Quiñones quedó herido, su lugarteniente muerto, y los ánimos de los españoles más bien mustios después de su triste hazaña, así que se embarcaron contritos, cabizbajos y malhumorados rumbo al Cabo San Vicente. Allí les esperaba agazapado entre las olas un filibustero de postín: Jean Fleury o Juan Florín, a la castiza, que robó al leonés después de convertirle en aceituna de cóctel, y con cien cañones por banda, viento en popa a toda vela, trincó lo nuestro ante las costas patrias. Eso sí: con estilo y savoir-faire, que para eso nació gabacho el pirata. Y es que en esto de conseguir lo imposible y estropearlo en el último minuto somos expertos los de la piel de toro y príncipes los leoneses, que hace ahora mil años acaparamos a manos llenas los tesoros califales de Córdoba y hoy en día no nos hacen caso ni en casa porque no somos nadie¿ En fin, que traigo a colación lo del atraco porque entre los piratas, Bonaparte y las Desamortizaciones del XIX, se exhiben nuestras viejas grandezas en lejanos lugares y, entretanto, tachonan nuestra provincia monumentos de no siempre eficaz conservación saqueados a placer. Achacamos a menudo la culpa a las administraciones, y con frecuencia la tienen y mucha, pero no es menos cierto que en ocasiones las chinas en el camino, los estorbos, llegan de manos privadas, de supuestos propietarios o de desconocidas pertenencias, como en el caso del castillo de Grajal. Tierra matriz de los Vega, allí se alzan un palacio renacentista y una fortaleza artillera. El primero pasó a pertenecer a la Casa de Alburquerque, cuyo actual duque, Ioannes Ossorio, antes Juan Osorio, es más conocido por ser pareja de Blanca Suelves que por descendiente de Beltrán de la Cueva, aquel que sin pretenderlo provocó una crisis dinástica que acabó con Isabel I en el trono. El segundo, perteneciente a la corona de Castilla y León, antes al reino leonés, oculta su propietario. Pleitea el alcalde de Grajal hasta con el viento para conservar los tesoros de esta villa. Mientras, el supuesto dueño calla y otorga a la espera, ¿quién sabe?, de una institución generosa que le rentabilice la conversión del bien ruinoso en patrimonio antes de reclamar su propiedad. Que alce la mano primero, para que el peso de la ley caiga sobre él por echar a perder un tesoro y acabar con la paciencia de la buena gente de Grajal. ¿O será que han vuelto los tiempos de los piratas?

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