Diario de León

CON VIENTO FRESCO

Israel, un nuevo antisemitismo

Publicado por
JOSÉ A. BALBOA DE PAZ
León

Creado:

Actualizado:

EXISTEN muchos países que aún no han cumplido sesenta años y no provocan tantos recelos; al contrario, son admirados por haber alcanzado, tras la descolonización, su independencia. No ocurre lo mismo con Israel al que se le achacan dos graves pecados de origen. El primero, la declaración Balfour de 1918, al acabar la Gran Guerra Europea, por la que Gran Bretaña apoyaba la creación de un Estado judío en Palestina, territorio cuyo mandato le correspondía por decisión de las Naciones Unidas. El segundo, la proclamación de independencia por David Ben Gurion en 1948, tras el final de la Segunda guerra Mundial y al finalizar el mandato inglés en Palestina. En ambos pecado, Israel ha llevado desde entonces su penitencia. Lo que se olvida es el contexto de esas dos fechas, caracterizado por un nuevo y más cruel antisemitismo que el vivido por los judíos en siglos anteriores. A finales del siglo XIX dicho antisemitismo cobró una fuerza renovada en los imperios ruso y austrohúngaro, lo que dio lugar a una ola de persecuciones y progroms. Fue en este ambiente en el que se desarrolló el sionismo de Theodor Herzl y el proyecto de una patria judía en Palestina. Con el nazismo el odio a éstos alcanzó un paroxismo nunca igualado que acabó en el holocausto de más de seis millones de personas. Como escribe Jon Juaristi en La tribu atribulada : «La soah sólo fue posible en un contexto cultural fuertemente secularizado y, en parte, repaganizado, que, a su vez, requirió como paso previo la etnificación del cristianismo, su reducción a cristianismos tribales». Esto último, y no el amor a los árabes, explica el antisemitismo de la izquierda española, de lo contrario no se entienden artículos tan obscenos como el de Julián Casanova -quien no escribe sobre historia sino que predica su trasnochada ideología sectaria- en el que compara la lucha de Israel con las ideas de Hitler sobre el «espacio vital» o que éste reproduce el método de conquista sobre los árabes que esclavizó a los propios judíos en los años treinta y cuarenta. Artículos como el señalado simplifican lo que realmente ocurrió desde la primera guerra del 48, la crisis de Suez del 56, la guerra de los Seis Días de 1962, la guerra del Yon Kippur del 73, por no hablar del terrorismo siempre presente, el de la intifada primero y el del fundamentalismo después. Obvian la guerra fría y el papel otorgado a Israel por los países europeos; olvidan igualmente que allí viven siete millones de personas, a las que quizá desearían eliminar de un plumazo o gaseándolas como en los lagers alemanes. La solución después de sesenta años no es sencilla, ni se arregla con artículos incendiarios antisemitas. Lo mejor hubiera sido un sólo Estado en el que, con libertad religiosa, pudieran convivir judíos y palestinos (y también los cristianos que allí habitan), pero hoy no es posible. Quizá ese debiera ser el horizonte futuro. La solución es la existencia de dos estados y el principio, defendido por la diplomacia americana, de paz por territorios. Pero el primer paso es reconocer al Estado de Israel por los países árabes. Arafat, desde su posición hegemónica en la OLP, pudo haberlo hecho y no quiso o no pudo; otros, con más realismo político, si. El radicalismo islámico que atizan países como Irán o grupos fundamentalistas no parece el mejor camino. Palestinos e israelíes están condenados a entenderse y cuanto antes lo hagan mejor. Lo que no ayuda es el antisemitismo militante que como un fantasma recorre nuevamente Europa.

tracking