Diario de León
Eduardo Aguirre
León

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A LOS exorcistas del periodismo se les ha chafado el apocalipsis. El Congreso de los Diputados ha rechazado por rotunda mayoría la propuesta de IU e ICV para que en las tomas de posesión de los cargos públicos no figurasen el crucifijo y la biblia. Los nuevos inquisidores ya tenían preparada la pira mediática y las citas descontextualizadas de Azaña. Como católico me satisface que la propuesta haya sido rechazada, pero no soy tan angelical como para atribuirla al milagro político, aunque no sea frecuente que el PP y el PSOE coincidan. No lo habría interpretado como una señal demoniaca si la votación hubiera arrojado otros resultados, porque lo trascendente es más profundo que una presencia testimonial, aunque tampoco esta deba subestimarse. La política seguirá siendo un ámbito deshumanizado, con o sin crucifijos en los actos oficiales, pues somos una sociedad espiritualmente herida en un mundo agónico. Sin embargo, el católico no debe desesperar. Todo pasa, salvo lo esencial, aunque cada uno lo llame de una manera. Todos amamos, nos sentimos solos, reímos y lloramos, caemos y nos levantamos, necesitamos consuelo, añoramos a nuestros muertos, daríamos la vida por nuestros hijos¿ ¿por qué inventarnos tanta diferencia insalvable? ¿De dónde nos irrumpe tanta confusión? La presencia del crucifijo va más allá del verbo estar; su verdad trasciende lo simbólico u ornamental, por ello no debe ser impuesto como la corbata en un acto de etiqueta. No compliquemos lo sencillo. No confundamos un crucifijo con una bandera o con un escudo, es mucho más que eso. Tiene vida, pues es verdad. No comprendo el temor de ciertos católicos hacia lo laico, ni el de ciertos laicistas hacia lo religioso. Aunque también es cierto que cada día sé menos sobre el ser humano.

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