León

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A VECES, una pequeña noticia resume todos los libros del mundo. El pasado sábado, leí el siguiente titular en este periódico: «Un japonés encuentra a una mujer viviendo en el armario de su casa». Tatsuko Horikawa, de 58 años se posó donde pudo, primera regla del pájaro solitario. Así vivió meses. La constante desaparición de comida del frigorífico llevó al propietario a instalar la cámara con la que captó las exploraciones nocturnas de esta fantasma de la supervivencia. Usted puede creer que tales sucesos sólo pasan en Japón, pero hoy, ahora, en esta ciudad, habrá alguien escondido en un armario ajeno, y no me refiero a Casanova. Alguien o algo. Existen otros mundos pero están en éste, escribió el poeta. Somnolientos, abrimos el armario y, en la rutinaria tarea de buscar una prenda, la mano palpa los carrillos de una desconocida que mastica el trozo de pizza que nos sobró anoche. Y entonces, ella sonríe azorada y saluda con un gesto de la mano. Nuestro grito espantaría a los insectos que habitan en las cañerías, pero también a los espíritus caseros, a los ángeles de la guarda¿ y, lo que es peor, a la pobre señora okupa. Pero, una vez pasado el susto, conviene no dejarse arrastrar por la primera impresión. Un ser humano se ha construido un apartamentín entre las perchas. ¿Y qué? No nos pongamos kafkianos, ni nos aferremos a un intransigente sentido de la propiedad. Para fantasmadas lúgubres las de Ibarretxe, o las de Jiménez Losantos. Calma. No llore usted, mujer¿ si no ronca y repone lo que saque de la nevera puede quedarse. Pero las juergas, en la calle. Y no me coma pipas. Y ojo con el horario de visitas. Antes de abrir un armario hay que llamar siempre a la puerta. Buenasss¿ ¿se puede? Los monstruos no existen, pero sí lo monstruoso.

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