Diario de León
Publicado por
MARÍA Dolores Rojo López
León

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De todos los ámbitos de conocimiento en los que se despliega la acción educativa, no encontramos ninguno en el que se contemple educar la mirada. Y no es porque no tenga importancia suma, sino porque tal vez los grandes directores del sistema académico sean a su vez víctima de víctimas y tampoco sepan ellos cómo mirar. Mucho en la vida se juega en la mirada, en saber mirar y en poder ver. Educar la retina propia y la de los alumnos a nuestro cargo para aprender a mirar en profundidad y actuar en consecuencia, debe ser el reto más urgente en la tarea de un profesor. En esta sociedad que nos ha tocado vivir parece estúpido, poco rentable y hasta cursi mirar con los ojos del alma. Nuestras miradas están atrapadas en la superficialidad, el egoísmo la prisa y el desencanto. Afectados de cataratas perpetuas, instalamos nuestra percepción en un nublado continuo de la dignidad personal y los valores naturales que deben emanar del sentir espontáneo desnudo de apariencias. Puede haber, si embargo, esperanza para los más jóvenes si logramos enseñarles a mirar más allá de la filosofía del todo vale o de la consideración del que más tiene como más valioso. Demasiadas biografías del fracaso se protagonizan hoy por poner precio a cada acto de la vida. Pero nada más valioso que el profesor que ayuda a mirar. Aquel que convierte a cada alumno en un punto de vista diferente en la apasionante aventura pedagógica de comenzar el intercambio de mensajes educativos desde la multihumanidad del aula y no desde la uniformidad del profesor. Porque en definitiva, nada nos diferencia más que la forma de mirar el mundo. Encontramos miradas abiertas, claras y expectantes; miradas nubladas, grises y degradantes; miradas con efecto de espejo; miradas que bucean en la profundidad; miradas que aumentan y distorsionan; miradas que interrogan, analizan y critican; miradas que acogen, arropan y calman¿distintas ópticas para un mismo mundo. Es importante enseñar a mirar desde la infancia. Educar no sólo es criar a un hijo o enseñar contenidos en la escuela. Lo sabemos. Tampoco ser adulto es estar ya criado y saber algunas cosas sobre algo. Entre cabeza y corazón, entre verdades pensadas y sentidas suele darse una distancia inmensa. No educa la cantidad de contenidos que tenga cada materia; sino su significación, su forma de ser observados, el prestigio humano de quien los ofrece, su natural autoridad moral y credibilidad, su capacidad, en definitiva, para enseñar a mirar a través de las cosas, por debajo de ellas y por encima de todo. Los valores no educan por sí mismos. Educan las personas que los encarnan y por ello, los hacen creíbles. Esta necesaria posición del educador le obliga a mirarse a sí mismo como el adulto que es. No podemos ser adultos perfectos, tal vez ni debiéramos siquiera serlo aunque se pudiese. Pero sí en continuo crecimiento y comprometidos en ello. Podemos ser adultos cargados de autenticidad, enamorados de la vida y con ilusión por vivir bien y vivir del todo. Adultos en paz consigo mismos, reconciliados con nuestro interior y con esperanzas más que con pretensiones. Porque detrás de un niño, un adolescente o un joven siempre asoma el adulto que está presente en su proceso educativo o el que nunca estuvo. Asoma su ausencia o su presencia. Quién tiene la responsabilidad, la inmensa tarea y el impresionante cometido de educar a los que vienen detrás y acompañarlos en su crecimiento personal deben cuidar muy bien lo que son, lo que hacen, lo que dicen y cómo lo dicen. No se puede enseñar a mirar, mirando para otro lado. Coherencia y congruencia se dan la mano en el camino de la correcta mirada tanto al exterior como al mundo propio de cada cual. Los alumnos no están clavados en la historia sino que son biografía en estado puro, vida que se escribe mientras se vive; futuro que no se improvisa ni se adivina, sino que se prepara desde la vivencia creativa y abierta del presente. Por eso toda práctica educativa precisa innovación permanente desde miradas diferentes, más que autocomplacencia. Necesita sobre todo, reflexión sobre lo que hacemos y práctica sobre lo que reflexionamos. La mirada negativa del educador puede manifestarse bajo dos actitudes: negando la validez del propio proceso (¿no hay remedio, lo alumnos son una lotería¿) o negando la propia valía como facilitador de luz sobre las retinas (¿a mi no me pueden pedir eso, no me lo dieron tampoco¿). Y es que resulta más cómoda la inmovilidad que la búsqueda de soluciones. La mirada positiva siempre es creativa. El educador que tiene esta óptica no vive en la periferia de sí mismo dando vueltas en torno a un mismo punto, sino en la apertura inconclusa de su interior que mantiene su ilusión a cualquier edad y por cualquier cosa. La cultura consiste en algo más que saber más contenidos que otros. Es cierto que en el mercado laboral de nuestra civilización es lo único que cotiza. Pero además de ser prácticos para poder comer debemos ser inteligentes para poder seguir. Porque la vida no consiste en conceptos, sino en vivencias en las cuales la forma de mirar debe ser tal que nos ayude a salir airosos del perpetuo examen al que nos somete la existencia día a día. Esta lección la aprendemos de forma paralela al avance de nuestra edad. Mirar diferente nos ayuda a ver otras dimensiones, a comprender lo que no parece evidente, a sentir emociones ocultas tras la rutina de ver o hacer siempre lo mismo. El único dios absoluto, el tiempo, injusto como toda sentencia pero implacable como el peso de su paso, ayuda a ver, quizás, demasiado tarde con ojos cansados ya de mirar en direcciones equivocadas. La clarividencia se hace precursora del fin de la vida, momento en el cual todo se ve de una forma más ligera y descargada de las banalidades que acompañan en el camino cando se es joven. La transparencia afecta entonces a lo único necesario: la capacidad para mantener la curiosidad insaciable en los corazones enamorados de la vida. Si por último, nos encontramos entre los que nadie ha enseñado a mirar, aún nos queda la esperanza que descansa en la frase de Anthony de Mello: «Limítate a mirar. Algún día verás». Quede ésta para nosotros antes de que sea demasiado tarde y actuemos con los más jóvenes para que vean más allá de sus ya insustituibles gafas de sol.

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