HISTORIAS DEL REINO

Amo a mi pareja porque me maltrata

Publicado por
MARGARITA TORRES
León

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LA VIOLENCIA de género, según la ley orgánica 1/2004 y la propia cordura humana, es el símbolo más brutal de la desigualdad, de esa vieja herencia de siglos, de milenios, en los que el único destino lógico para una mujer parecía la supeditación absoluta al hombre. Se estrenaron en el uso los prehistóricos, cuando decidieron que la caza correspondía al recio y musculoso macho de largos pelos por doquier y perfume identificador de clan de oso cavernario, y que las labores propias de su sexo y condición femenina habilitaban a la hembra para coser pieles hediondas, tallar piedrolos menudos, o cocinar morcilla de ciervo al pil-pil. Más tarde llegaron esas llamadas primeras civilizaciones. Y la posición de la fémina comenzó a forjarse sobre las bases de los grilletes y la castración personal: posesión del linaje paterno, propiedad del marido, herencia algo más valiosa que una cabra y menos que una buena yegua paridora. Finalmente arribamos a las mediterráneas costas donde el sol, suavizado por Grecia y Anatolia, el desierto menos zaheridor de Egipto, o las costas de la patria Roma convirtieron a la loba en capitolina, a las esposas en madres de faraones divinos y a las Heras y Afroditas en regias mantenedoras de los destinos de los hombres y los ciudadanos del Olimpo. La igualdad caminó un paso. A las puertas de la civilización arribaron germanos, sarracenos, luego integristas de todas las variables religiosas, y los siglos fueron cayendo hasta llegar al XX, en el que dos guerras mundiales y el tesón de millones de mujeres consiguieron lo inimaginable: la equiparación de derechos, la emancipación. Y ahora, con el nacimiento del nuevo siglo, el Ministerio de la miembra más insigne del gobierno inundará España de carteles y anuncios por valor de 4 millones de euros. Internet, la prensa escrita, radio, televisión, carteles y vallas luminosas en metro, tren y aeropuertos tratarán de impactar en el hombre con el mensaje «cuando maltratas a una mujer dejas de ser un hombre», en la mujer con «no se te ocurra ponerme la mano encima jamás», en los niños con «mamá, hazlo por nosotros, actúa». Todo ello para romper el enfermizo lazo del miedo, para proteger a los más débiles. Pero lo cierto es que, por encima de toda publicidad, está la educación desde la infancia, el olvido a las algodonosas maneras hispanas del «todo vale» que nos han conducido hasta adolescentes que en nada valoran las vidas ajenas. Y la tolerancia cero al maltratador, con apoyo en forma de trabajo y vivienda para la víctima y condena real de alejamiento verdadero para la bestia, sin compadreos jurídicos. Porque mientras llega la igualdad real, el camino de esta última semana nos lleva hasta un tipejo que reventó a golpes a un bebé, hijo de su pareja, porque sus lloros le estorbaron la partida en la Play Station, y desde este tarado de telenovela barata hasta la muchacha de 19 años que padeció 45 días de torturas, violaciones y humillaciones a manos de su ex pareja y familiares, atada con una correa de perro, en una caseta de telefónica a 55 kilómetros de Barcelona, sin casi comer ni apenas beber, porque quiso cambiar de novio. Algo huele a podrido en la corte de España, que diría Hamlet.

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