Diario de León
Eduardo Aguirre
León

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LA EXTRAORDINARIA fotografía del Rey pasando su brazo por el hombro de Adolfo Suárez, con la majestad de los iguales, es ella sola una epopeya, que espiritualiza nuestra democracia. Todo en dicha imagen, plasmada por el hijo del ex presidente del Gobierno, está sujeto al canon de la bondad, que también tiene su arquitectura y hasta su proporción áurea; por ello, la explicación de su impacto social hay que buscarla más allá de los méritos estéticos y documentales, aun siendo muchos. Del mismo modo que un buen retrato trasciende lo individual y representa la condición humana, o que las buenas canciones son también compuestas por quien las escucha, gran parte de la sociedad española se ha sentido reflejada en los valores que esa fotografía representa, al menos como anhelo: la ternura, la amistad, la compasión... Nadie puede desempeñar mayor cargo o responsabilidad que ser cada día buena persona, el currículo que mejor nos describe. Y esto es así para usted y para mí, pero también para un monarca y para quien un día gobernó un país. Fue un acierto ético y estético no convertir el encuentro en un sentimental espectáculo mediático. No era necesario mostrarnos más detalles, pues se nos ofreció lo esencial. Una historia vieja como el mundo. Un hombre sin memoria es un enfermo, pero un hombre sin amigos es una tragedia andante. Qué grande es la dignidad del corazón, cuánta épica en sus laberintos. Por motivos que necesitaríamos más espacio para desarrollar aquí, rara vez la política logra trascenderse a sí misma, condicionada por la atracción del poder, por mantenerlo o por conseguirlo. Pero esta columna ha tratado acerca de vuelos más altos. Acerca de la majestad de los iguales. Y si ésta cabe en una foto, así mismo debería haber entrado en una columna.

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