TRIBUNA
Un remedio contra el odio, por favor
ESTA es una tribuna de opinión que comienza con noticia virtual. No habla de una realidad, sino del deseo de leer algún día la erradicación del odio en el mundo, como si fuese la real liberación de Ingrid Betancourt y sus compañeros cautivos arrancados de la selva colombiana. Aunque, bien mirado, un mundo sin odio, ya no sería mundo, sino edén o paraíso, esto es, un «más allá sobrecelestial», una utopía. Los humanos hemos sido arrojados al mundo y condenados a coger el tren de la vida. Lo peor es que llegamos incluso a matarnos por alcanzar primero los asientos de la felicidad. Por ello, querríamos ver en los periódicos noticias poco más o menos como la siguiente: «Después del gran éxito obtenido por el «Envidiamidol» y el «Mentirazol», que ha permitido erradicar especialmente en España donde eran endémicas la envidia y la mentira, el CICA (Centro de Investigación de Cánceres del Alma), en Buenos Aires, lleva a cabo intensas investigaciones en pos de una vacuna o preparado contra el odio, el «Odiopentamil», capaz de disolverlo como la babosa por la sal. Aunque ya se han conseguido importantes resultados en hienas, cobras y pirañas, la aplicación a los humanos llevará todavía bastante tiempo, debido a la mayor virulencia en el bicho racional en comparación con las otras especies inferiores, según ha revelado la directora del famoso centro, la doctora Dª. Amor Sutil de Dios, en el libro El ocaso de las odiología s. Con la desaparición de la envidia, la mentira y el odio, se da por hecho la desaparición de otros malignos sentimi entos auxiliares, como el rencor, la crueldad, el resentimiento, la violencia, la inquina, la saña, ira, cólera, perversidad, sadismo, etcétera. Tan trascendental descubrimiento solucionaría multitud de problemas, puesto que los recursos que antes se destinaban a armamento, cárceles, policía, agentes de seguridad, etc., se reconducirían a solucionar todos los problemas y lacras de la humanidad (hambre, epidemias, emigraciones, etcétera). El remedio tendría también un alcance metafísico, pues supondría un gran paso para comprender la esencia y existencia de los ángeles, arcángeles, serafines y querubines, prototipos de bondad, y por qué en un momento dado de la creación hubo una mutación de alguno de estos seres angelicales hacia lo diabólico, personificado en el señor de los infiernos. Los logros alcanzados hasta ahora no hubieran sido posibles, según la doctora bonaerense, sin haberse adoptado el principio de que el hombre es malo por naturaleza, desmintiendo la concepción rousseauniana de que los mortales somos innatamente buenos». Pero dejemos aparcado el deseo potencial en los subterráneos del alma y tornemos a la triste superficie de todos los días. Mientras el remedio no llega contra tan devastador sentimiento, seguiremos oyendo noticias todos los días en las que el odio es, por desgracia, esencia y existencia. Cuenta María Zambrano (Los intelectuales en el drama de España), que en un Instituto de Enseñanza Media de Madrid, donde prestaba sus servicios como profesora durante el curso 1935-36, se que dó a escuchar a un joven compañero, recie nte ganador de una cátedra de Literatura en la Universidad de Murcia, que daba una conferencia sobre Lope de Vega, y sufrió una de las más amargas impresiones de su vida. Al final de la conferencia y sin venir a cuento, el conferenciante arremetió contra los escritores de la «generación del 98», diciendo a los muchachos que tenían que odiar y barrer por antinacionales y antipatriotas a todos los intelectuales de esa generación y a otros que seguían. Su palabra y su voz expandían odio en aquella sala repleta de adolescentes que no habían leído a casi ninguno de ellos y que iban a llenarse de asco sin conocerlos. María Zambrano se indignó y le preguntó al joven colega que cómo podía haber hecho eso. La contestación fue aún peor que lo dicho en la conferencia. Vio tal od io en su voz que se retiró llena de amargura, pensando en que ese odio injusto sería vertido por decenas de años sobre el alma de los alumnos universitarios que tuvieran la desgracia de asistir a las clases de tan infausto colega. En nombre de lo nacional se enseñaba a la juventud a odiar a los hombres por los que España en su aislamiento moderno había trascendido al mundo. En la guerra civil que con semejante pedagogía se hizo inevitable e inmediata hubo en una y otra España tal inundación de odio y sequía de tolerancia, que si hubiese habido la posibilidad de asesinar dos veces se habrían desenterrado muchos cadáveres. De un lado, el odio destilado lentamente durante años en el corazón de los desposeídos; del otro, el odio espontáneo de los soberbios, poco dispuestos a soportar la insolencia de los humildes. Y el que se impuso fue el odio a muerte, el más desgraciado, pues al ser humano no le fue dado el don de resucitar. Recuerdo un domingo con niebla y helada de febrero leonés, jugando al fútbol en los campos de La Palomera. En el transcurso del juego, oímos fuertes voces que venían de uno de los prados próximos. Dejamos el balón y llegamos justo a tiempo de evitar que un viejo terrateniente descargase una enorme piedra sobre la cabeza de otro viejo comunistoide, entre un repertorio de insultos y blasfemias. La causa, el robo de una miserable estaca del cercado, que la víctima estaba arrancando, al parecer, para calentarse; intentando anteponer así el derecho de necesidad sobre derecho de propiedad. La tierra siempre ha sido para el que la posee; luego vino eso de que para el que la trabaja; ahora es para el que la recalifica. En ello estamos. En el libreto de la zarzuela «La verbena de la Paloma», el boticario don Hilarión dice que «hoy las ciencias se adelantan que es una barbaridad», ¿llegarán algún día a los más recónditos lugares del alma humana donde el odio anida en pared medianera con el amor? Nada ni nadie ha llegado hasta allí: ni doctrinas, magias, filosofías o religiones. Ya sólo nos que da el milagro de la química.