León

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QUIENES pudimos ver a Chuck Berry actuar en el antigüo estadio Amilivia, hace ya más de una década, nos quedamos sin ver a Jerry Lee Lewis, quien se descolgó a última hora de un cartel de figuras legendarias. Antaño, la anulación de Berry podría haberse debido a una resaca salvaje o haberse fugado con una camarera; hoy, a los ochenta y dos años, la explicación ha de ser más conservadora, quizá olvidó que tenía que llevar al bisnieto a la guardería. Pero hasta para un patriarca de la rebeldía la palabra ha de tener valor. Hace meses viajé a Amberes para asistir a un concierto de Willie Nelson; si lo hubiese anulado aún estaría llorando por las esquinas, aunque seguiría mencionándole en mis oraciones: «Y cuida Señor de mis héroes, porque me ayudan a mantenerme en pie. Amén». Ni la Diputación ni los programadores han fallado en sus obligaciones. No obstante, quizá pleitear sea como ponerle puertas al campo. Ha pasado años en prisión: ¿va a intimidarle ahora una demanda por incumplimiento de contrato? Con su vida podrían componerse mil blues, pero en estos momentos hay unos empresarios que se han visto traicionados en su confianza y en sus legítimos intereses. Son ellos quienes deben preocuparnos, no el reúma o la ciática del genial guitarrista. No hay excusa a su estampida, digna de un pícaro. No pocas veces él mismo habrá tocado con el corazón roto. Entre el material representativo de nuestra cultura que llevaba la sonda Voyager estuvo su canción Johnny B. Good; lo de los niños cantores de Viena es muy meritorio, pero representa otra clase de logro. Ser leyenda no es fácil. Go, Chuck, Go. Vuelve cuando hayas recordado las reglas del largo y tortuoso camino del rock and roll. Para un músico como tú vivir no es necesario; tocar y cantar, sí. ¿O ya tampoco?

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