Diario de León
Publicado por
JAVIER TOMÉ
León

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ESTE CALOR PEGAJOSO y obsesivo que hace sudar hasta a las estatuas facilita la puesta en marcha de la maquinaria del recuerdo, idónea para echar la vista atrás y festejar como es debido los venerables 50 años que ha cumplido la bossa nova, desde que en el ya casi paleolítico 1958 el compositor Joao Gilberto pariese la primera joyita a incluir en una corriente musical que trataba, fundamentalmente, de asuntos de cintura para abajo. Tuvo que ser Brasil, ese mágico lugar empapado de África y Amazonia, el nido en que nacieran y se desarrollasen himnos generacionales del estilo a La chica de Ipanema: «Mira que cosa más linda, más llena de gracia, es la chica que viene y que pasa, con un suave balanceo, camino del mar¿». Tan acaramelados placeres que hablaban de pantorrillas redondeadas y dosis masivas del sol saltaron a discos y emisoras radiofónicas en medio de cierta controversia pública, pues como ocurre casi siempre, los más puristas achacaron a la bossa nova el ser un invento musical de casi nulo calado cultural, apenas válido para ambientar la eterna confrontación a pie de pista entre hombre y mujer Mucho talento andaba suelto por calles y plazas en el Brasil de 1958. Por entonces se construyó la ciudad de Brasilia según un proyecto de Oscar Niemeyer y, lo que resulta más importante, el equipo carioca conquistaba su primer Campeonato del Mundo de fútbol, gracias mayormente a la genialidad de jugadores como Garrincha y un jovencito algo dentudo al que llamaban Pelé. La transgresora sección rítmica de la nueva música enganchó de inmediato al personal, que vio un espacio de libertad y rebeldía contra los viejos moldes costumbristas. Así que larga vida a la bossa nova, melodía que rezuma Brasil por los cuatro costados.

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