Diario de León

CON VIENTO FRESCO

La enfermedad moral de nuestro tiempo

Publicado por
JOSÉ A. BALBOA DE PAZ
León

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BAJO EL INCLEMENTE sol de Gerasa (la actual Jerash, en Jordania) pensaba en Roma. Fundada en el siglo IV a C. y habitada por griegos en época Helenística, lo que se conserva hoy son los imponentes restos de la ciudad romana. El cardo máximo, con el insólito foro circular, es una larga calle flanqueada por elegantes columnas de orden corintio que dejan ver los restos de tiendas, templos y, en los extremos, los dos soberbios teatros con graderías para varios miles de espectadores. Gerasa es una de las ciudades sobre las que Roma, en la antigua Decápolis y en Palestina, impuso el modelo urbano y la civilización que uniformó todo el ámbito mediterráneo. Desde los desiertos de Judea y Nabatea, en Petra, hasta el finis terrae de la Gallaecia; y desde el limes renano y danubiano hasta el desierto del Sáhara, los romanos impusieron una lengua, una cultura y unas mismas instituciones civiles y políticas. Bajo la luz cegadora de Gerasa, al tiempo que admiraba sus restos, meditaba sobre cómo fue posible aquella civilización. Se pueden buscar razones geográficas, como la centralidad de Italia en el Mediterráneo; creer que fue la codicia la que movió a las élites romanas a unas conquistas para conseguir el oro hispánico, los esclavos germanos o las riquezas del oriente. Es posible, pero éstas no se hicieron sin las virtudes personales y colectivas que adornaron a la república romana. El patriotismo romano tenía como fundamento la costumbre (mores), las virtudes, especialmente la areté griega, la excelencia aristotélica, requisito individual para ejercer tareas de gobierno, confiado a los mejores (aristos), a los que poseen el conocimiento del bien común y lo ejercen. Polibio, historiador griego, alaba ese patriotismo, que lleva a los romanos a transformar las derrotas en nuevos alicientes. La enfermedad de nuestro tiempo es esa falta de virtudes individuales y colectivas; la dejación que el individuo ha hecho de sus obligaciones cívicas, mientras que los políticos se han convertido en una casta que mira sólo a sus intereses particulares. En esto coinciden evidentemente con el resto de la población, a la que únicamente alienta un hedonismo desenfrenado, un interés por poseer cosas, por encerrarse en la más inane privacidad. Vivimos en un mundo que otorga valor absoluto a todo lo relativo. No hay un verdadero contexto ético que actúe como telón de fondo de las acciones de los ciudadanos. Pero son los políticos los que lo impiden, al no fomentarlo. Desprecian las leyes, las instituciones seculares, la historia; y sobre todo las políticas educativas que deberían fomentar el patriotismo cívico, sin menoscabo de las libertades personales, que son la base de toda sociedad política bien ordenada. En España la enfermedad contagia a todos los partidos, especialmente al socialismo de Zapatero. Éste, sedicente lector de Ph. Pettit, habla de republicanismo cívico, pero desprecia los ideales de tal republicanismo; pues éste históricamente se ha fundamentado sobre el patriotismo y la defensa de las virtudes ciudadanas. El patriotismo, que no el nacionalismo identitario excluyente, exige un Estado que no sea neutral en la preservación y fomento de la cultura, la lengua y las tradiciones; pues éstas son las que crean los lazos de lealtad entre los ciudadanos. Un partido que se mantiene indiferente en lo moral o en la cuestión cultural y lingüística, como hace el socialismo de Zapatero, conduce al suicidio colectivo. Por eso, la crisis económica es un problema grave, pero nada comparable a la enfermedad moral que padecemos.

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