Diario de León

TRIBUNA

Sed de justicia y empacho de abogados

Publicado por
JOSÉ LUIS GAVILANES LASO
León

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ME DEJARÍA cortar una mano antes de meterme voluntariamente en pleitos. Así me confesaba un amigo, tras haber tenido que visitar varias veces los juzgados por demandas de vecinos sólo atraídos por el encanto de la envidia. Sentimiento muy humano y justificado por tener él dos viviendas en un edificio donde el resto sólo tiene una. ¡No hay derecho, caramba!, protestaba mi amigo comprensiva e irónicamente , que Dios nos hizo hermanos ante su divina potestad; la justicia iguales ante la ley; y el notario y el registrador parejos ante la propiedad. De esta guisa, mi amigo se vio obligado a entrar en el templo de la justicia, con su sanedrín de obispos, canónigos y sacristanes de la ley, perdiendo horas, neuronas y dinero en el papeleo atiborrado de verborrea retorcida y sintaxis oscura como las togas de sus oficiantes. Pero, cuando del orden doméstico pasamos a la justicia con mayúscula, esto es: contubernio político-judicial, eficacia de la Audiencia Nacional, fallos, prescripciones, insolvencias, cumplimiento/incumplimiento de las leyes, etcétera, eso ya es un laberinto donde el propio Kafka se perdería por mucho que supiese de procesos. Ante determinados pronunciamientos judiciales, uno tiene la impresión de que el recinto de la ley es un templo con un gran pórtico de entrada y varios postigos de salida; eso que el lenguaje proverbial sentencia con «el que hizo la ley, hizo la trampa». Una cosa es la justa razón y otra, muy distinta, la razón de la justicia. Explicado por el hecho de que tantas veces lo conveniente, lógico o sensato anden a bofetadas con la legalidad. No había duda de que la apología del terrorismo es delito; pero ahora resulta que, por el quita o pon de unas placas callejeras en el País Vasco, la apología de la apología no lo es. ¡Toma ya! ¿Y con la apología al cubo, volvemos al delito? ¿Y qué se puede decir de una justicia que condena a un violador a trescientos o más años de cárcel, pero que sólo puede cumplir efectivamente veinte y sale a los dieciséis, probablemente con más deseos de violar? O que sea reinsertable un tipo con más de una veintena de asesinatos en sus manos, sin haber dejado de vanagloriarse por ello. Y que a ese tipo (De Juana Chaos) le haya salido cada guardia civil muerto a menos de nueve meses de prisión con cadenas...de televisión; mientras a otro asesino de guardias civiles (Giménez Arbe) le hayan salido a veinte años cada uno. ¿O qué se puede esperar de un país donde un número excesivo de sus habitantes padece la paranoia del litigante? Como le decía un cliente a su abogado que trataba de disuadirle de un pleito largo y costoso: ¡Nada de arreglos, eh, a ese hay que meterlo «palante», me cueste lo que me cueste! Está visto que el exceso de abogados no es directamente proporcional al hecho de un país socialmente menos conflictivo. Ni muchos licenciados en derecho garantizan la conducta menos retorcida de la gente. Del mismo modo que la abundancia excesiva de iglesias y de curas no hace a la nación más virtuosa. España es abundosa en abogados. Debe ser porque nuestro peculiar comportamiento social así lo demanda. Ya Platón temía la «picapleitocracia» por señal inequívoca de una república corrompida. No es que la milenaria profesión de la toga sea inútil o perniciosa. En un Estado bien organizado, ha habido, hay y habrá honrados y honorables letrados; pero es evidente que el exceso de abogados es indicio tan grave para una nación como la demasía de militares. Como regla general puede establecerse, según certifica la experiencia y el caso reciente de Argentina y otros países así lo acredita, que toda nación regida por la milicia es una nación militarmente débil y probablemente indefensa. Un estado que mire por sus fueros no debería preocuparse solamente de disminuir las comunidades armadas en aras de un ejército más eficaz, absolutamente profesional, sino también de poner límite a esas congregaciones de sargentos, capitanes y generales de la ley. Mi amigo acabó su discurso pleitofóbico en forma de parábola. «Viajaba en su imponente limusina un famoso y acaudalado letrado, cuando una tarde vio a dos hombres de mediana edad comiendo hierba al borde de la carretera. Sorprendido, ordenó al chofer que se detuviera y salió a averiguar tan insólita actitud: ¿Por qué comen ustedes el césped? No tenemos dinero y por ello ninguna otra cosa que llevarnos a la boca. Bueno, entonces, les invito a que me acompañen a casa. Muchas gracias. Mi amigo dice que prefiere quedarse, pero allí, a la sombra de aquel castaño, están mi mujer y mis hijos. No hay problema, que vengan también, hay sitio para todos. Al abogado se le inflaron los mofletes de satisfacción viendo levantarse bajo el árbol a la numerosa prole del herbívoro. Entraron todos, acomodándose en el espacioso y lujoso automóvil. Durante el viaje, el hombre miró al abogado y le dijo: «No sé quién es usted, señor, ni me importa un comino a qué se dedica, pero sea usted quien sea y haga lo que haga, es lo más bueno y generoso que se ha cruzado en nuestra miserable vida. Sin duda Dios se lo premiará. Soy abogado. Pero, por Dios, no se merecen los cumplidos, cualquiera de mi profesión que les hubiese visto habría hecho lo mismo. Para eso estamos, para resolver los problemas de la gente. Además, cuando lleguemos a casa ya verán como les va a encantar. La hierba del jardín está como de medio metro de alta. Después de haberse dado un gran empacho, regresó el hombre con su familia al punto de partida. Allí seguía el compañero, quien preguntó qué tal les había ido. Hiciste bien en no ir. Cuando creas que un abogado te está ayudando, piénsatelo dos veces». Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán hartos (Mateo, 5, 3-12).

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